sábado 27/2/21

Terror en el Valle del Hambre (II)

Decidí correr marcha atrás para tener vigiladas a las seis ‘bestias’. Mientras observaba sus enormes cuerpos y hocicos, grotescamente amenazadores, seguía convenciendo a mi cerebro para enfrentarme a ellos si caíamos al fango. Perros salvajes abandonados a la dureza del monte, acostumbrados a bregar con el lobo. Sara silbó varias veces al pastor con la esperanza de que hiciera algo para ayudarnos, en vano. El ataque era inminente, los canes estaban a menos de medio metro y mi cabeza se iluminó: pasé la mochila que colgaba sobre mi espalda a la parte delantera para protegerme en caso de embestida. Cuando sus mordiscos rozaban el macuto, por fin, llegamos hasta el dueño, tras dos minutos de una carrera infinita, apabullante. El hombre chifló a los tusos y, automáticamente, cesó la persecución. Al borde de la taquicardia, le pregunté a voces que si eran suyos. Él sonreía, sin responder, y mi impotencia se alimentaba de su actitud. Por cuarta vez insistí, gritando, que si era el dueño y lo confirmó. Se excusó en que había un lobo en la zona —hecho que dudo ya que sus animales lo hubieran olido a kilómetros acudiendo a su encuentro—. No paraba de sonreír. Con pereza, nos animó a continuar el camino sin miedo, bajo el sólido argumento de que no pasaba nada. Nos armamos con palos y piedras por si aparecían más, y recorrimos los seis kilómetros de ruta que faltaban hasta Taranilla en alerta máxima, con el pecho henchido de angustia y las entrañas revueltas. Al llegar, montamos apresuradamente al coche y tomamos dirección Puente Almuhey. Esa misma noche, reflexionando sobre la tensa situación que habíamos vivido, mi chica hilaba que tal vez el pastor había vivido experiencias tan violentas y drásticas en su país de origen, o que había recorrido un camino tan crudo para llegar a España que fue incapaz de percibir el peligro real al que nos estaba sometiendo con su desidia. Yo le rebatía, refunfuñando, que no importa lo que hayas visto a lo largo de tu vida, sino la empatía que seas capaz de desarrollar hacia tus semejantes. El tipo había contemplado la escena desde la distancia, viendo cómo dos personas las pasaban canutas a cuenta de sus perros, y no movió ni un dedo por hacerlos parar.

Puede que algún lector reaccione a este relato como lo hizo el pastor, riendo. No es la primera vez que esos perros potencialmente peligrosos causan estragos, y no tengo reparo en augurar que esta que les he narrado no será la última. Y el día que suceda algo, ese hombre deberá vérselas con la autoridad y la justicia, e incluso con el deseo de venganza del ser humano. Porque las ‘seis bestias’ que protegen sus cabras serían capaces de descuartizar a un hombre en cinco minutos. Así que imaginen lo que podrían hacerle a un niño... ¿Les sigue haciendo gracia?

Terror en el Valle del Hambre (II)
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