lunes 06.04.2020

El vientre del tiburón

Los ingleses lo llaman el aftermath, el día siguiente de la tragedia, de la batalla, de la guerra. Aún es pronto para ponernos en ese lugar. Ahora es tiempo de procrastinar las visiones de un mundo que para muchos puede que no llegue. No, no es momento de anticipar cómo será nuestro particular renacimiento tras el naufragio. A veces, el final que nos aguarda es un lugar poblado por monstruos, pero tras la línea del horizonte puede esconderse la tierra prometida. Es mejor hacer balance y pensar que aún no ha llegado el día siguiente. ¿De qué? se preguntarán. De la felicidad. El día siguiente de la felicidad está para muchos por llegar. Así que aprovechen que todavía es primavera y la nieve de abril no ha dejado escarcha en los recuerdos. Son extraños los días previos al día después de la felicidad. Es como el rumor de la brisa a finales de agosto. Sabes que los días oscuros llegarán, pero aún sientes el sol en el rostro.

La incertidumbre es mala consejera, como la inmediatez, pero hay que disfrutar de que la felicidad es este momento, de que no se prolonga, de que no hay que esperar mucho más que lo que nos depara mientras pensamos en cuándo llegará. A partir de ahora, piensen, sientan, experimenten que la única realidad es que la vida, toda entera, es hoy, que si quieren vivir de verdad, tienen que exprimirse en cada día. No hay que esperar nada más.

El aftermath es el día después de la felicidad. Para algunos llega sin avisar. Ahora, todavía, estamos en ese momento, en el día antes de saber que no aprovechamos, que no leímos, que no escribimos, que no llamamos a los que queríamos, que no celebramos, que no miramos al cielo, sí, ese cielo que no vemos porque siempre nos permite contemplarlo, como todo lo que importa de verdad.

Estos días se repite la frase de Murakami sobre la tormenta. ¡Tan vacua! Prefiero Pinochio: No eres un hombre real hasta que te aventuras en el vientre del tiburón. El día después de la felicidad es la hora en la que nos encierran para que descubramos qué somos capaces de arriesgar para saber quiénes somos.

El vientre del tiburón
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