Diario de León

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D esde el martes el Castillo ha vuelto a serlo. No es que no estuviera; es que no se veía. A pesar de sus dimensiones, de acoger en su portada el gran escenario mitológico de Eduardo Arroyo, lo único que nos sugería era una piel marchita y gris que se convertía en frontera para la muralla. Hace siete años había 27 propiedades que, literalmente, invadían el lienzo romano a lo largo de sus 2,4 kilómetros. Queda mucho por hacer, pero la recuperación del muro en la calle Conde de Rebolledo —que inició Ana Franco— y la actual rehabilitación de la Era del Moro han logrado no sólo demostrar que la muralla que durante dos mil años ha sido testigo de la historia existe, sino que forma parte de un conjunto patrimonial único en España. Durante siglos, los leoneses ocuparon sus sillares o los arrancaron y ese material constructivo se empeñó en mantener en pie la leyenda de un campamento de conquista que alumbró la idea de libertad. El desdén lo ha silenciado durante más de un siglo y así ha permanecido: callado y de espaldas. Porque se es invisible cuando se está detrás de otra cosa, cuando se adquiere el mismo color o apariencia que el fondo, cuando se está en un ambiente demasiado oscuro o cuando se está en el punto ciego del observador, cuando se es demasiado obvio pero excesivamente despreciado.

La mugre permanece aún en la piel de este tesoro, que fue declarado Monumento Nacional en 1931 pero ahora, al menos, contemplamos que albergaba un castillo y que a pesar de que aún tenga que derribar la suciedad de las decenas de chabolas que nos impiden contemplarla, estamos un poco más cerca de que se le restituya la existencia.

Hoy es la lectura de los Decreta en la plaza de San Isidoro, el corpus normativo que un rey niño otorgó a su pueblo para hacerle partícipe de su propia historia. Nunca se sabe cuándo la eliminación de una pared abre horizontes que no se habían imaginado. Puede que el proceso de la muralla explique todo lo demás.

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