viernes 25/9/20

El columnista manco

En mis más de 30 años de columnista nunca he dictado una columna, esta es la primera. Por un accidente doméstico tengo el brazo derecho en cabestrillo. Dictar es un estilo en sí mismo. Y mi propia escritura lo dificulta. Y eso que no soy de quienes entre párrafo y párrafo toman un tentempié. Ni tentempiés, ni mantras tibetanos ni ejercicios de gimnasia sueca… entre párrafo y párrafo, pulo, es decir paso el plumero a lo escrito y a lo pensado. Ardua tarea. Aquí estoy, pues, manco de la diestra, tras mi modesto pero aparatoso Trafalgar. Ah, los accidentes domésticos. Precisamente, dos días antes recordé algo que me había comentado una vez Vela Zanetti: «Según un estudio de las aseguradoras estadounidenses la mayoría de los accidentes domésticos tienen lugar al salir corriendo para coger el teléfono». Y me lo dijo antes de los móviles. En mi caso, sí fue así, por salir de la ducha a coger el móvil con el suelo mojado. Volar ha de ser una sensación parecida a aquello. Para haberme matado. En fin, enseguida ese amigo jubilado que todos tenemos se ofreció solícito para hacer de secretario puntual. Y una vez colocado ante el teclado me espeta: «Te advierto que soy muy malo con las bes y con las uves». Tiemblo y le preguntó: «¿Y con algo más eres malo?». Me dice impertérrito: «las haches me las como todas… no pongo acentos… y las comas las coloco a mi manera, como Sinatra». Tras agradecerle su disponibilidad, busqué otro a quien dictar. Y me acordé de mi mano izquierda, siempre ahí. Esta puso buena voluntad, pero cuando dicté: «Tres tristes tigres estudian trigonometría en un trigal…». Ella escribió: «Agrupémonos todos/ en la lucha final…». Entonces me acordé de aquello de en la salud y en la enfermedad. O sea, de mi mujer. Ella nunca falla.

D’Ors sí dictaba sus glosas. Es célebre la anécdota, aunque no sé si apócrifa, que en su voluntad de hacer brillantes filigranas con el lenguaje, algo que conseguía, trataba de evitar toda construcción y vocabulario claritos. «¿Se entiende?», preguntaba a la secretaria, «pues si se entiende… oscurezcámoslo».

Lo primero es que se me paso el susto. Y que estoy vivo para dictarlo. Ahora entiendo por qué en el medievo no se duchaban ni tenían móviles.

Esta columna se la he dictado, pues, a mi manoescrit...

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