viernes 20/5/22

Sobre un menosprecio

El alcalde de Madrid, Martínez Almeida, no cree que la escritora Almudena Grandes, recientemente fallecida a los 61 años, merezca la concesión de Hija Predilecta que se solicita para ella. No he leído aún ningún libro suyo, mis caminos lectores han ido por otros territorios… pero soy madrileño, leo y escribo… y me siento enfadado. A mí parece muy bien que reciba tal reconocimiento, ¿acaso mató a Prim? Tengo a Martínez Almeida por político educado, pero sus palabras me han parecido impropias y arrogantes. Sin argumentos, pues la mera opinión personal no basta. Se debe discrepar del homenaje a un etarra o del honoris causa a un corrupto… pero no a una escritora reconocida. «No cuestiono su calidad literaria», añade. Entonces, ¿en qué se basa, en que no escribe en endecasílabos? Lo admita o no es porque escribía desde la izquierda. Pero un alcalde ha de serlo de todos, no solo de quienes le votan. Tiene una gran oportunidad para mostrar afecto y respeto por encima de discrepancias ideológicas, pues sin estos no hay verdadera cultura democrática, ni humanismo político. Llamémoslo ejemplaridad. A veces, los reconocimientos oficiales son solo viva quien triunfa, arrimarse para la foto. Quizá sería mejor dárselos a quienes se encuentran injustamente olvidados o en la pobreza. Intuyo que Grandes estaría de acuerdo, pero no es este el debate

Almeida no entiende por qué se le descalifica. Y se refiere a ella como «personaje», término con acepción peyorativa. «Menudo personaje», se dice. La escritora no es personaje, sino personalidad. Tiene el respeto de colegas y de críticos. Su gran éxito de ventas posibilita que otros puedan publicar. Pues claro que el regidor está en su derecho de que no le guste Grandes, pero ¿significa que no es merecedora del reconocimiento? No estamos ante un problema de libertad de gusto, sino de respeto. Y de criterio solvente.

¿Una calle sí, pero no Hija Predilecta? Propongo una solución: que el alcalde de Madrid llame a García Montero y le diga, sin rodeos: «Perdóname». Solucionarlo desde la majestad, no desde el parcheo. Aquí el lector escéptico me espetará: «No lo verán sus ojos, Aguirre». Ni pido verlo, me conformo con que me lo cuenten… y que sea cierto.

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