miércoles 22.01.2020

Nuestro don Miguel

Al salir de Mientras dure la guerra me acordé de otro don Miguel, que también fue rector: Cordero del Campillo, veterinario humanista a quien en un artículo de juventud llamé «caballero sin espada». Es decir: personaje de Capra, cineasta de la fe en la bondad innata. Más allá de que la Universidad celebre el aniversario de su fundación, cómo no asociar a este leonés de Vegamián con su tocayo vasco.

En la transición democrática, el nuestro figuró en la lista de los paseables, pese a dicha impronta de «caballero sin espada», o quizá por ella. También tuvo la característica unamoniana de decir siempre lo que pensaba, de cuadrar mal en etiquetas ideológicas salvo en la de demócrata.

Ambos fusionaron saber con conducta. Hijo de guardia civil, también hubiese chocado con Millán-Astray, con aquellas mismas palabras o con otras similares. Me ha gustado la película, aunque en lo relativo a la guerra civil algunos seguimos esperando una historia de perdón cicatrizante.

Hay simplificaciones psicológicas en algunos personajes, como en Franco, pero es gran cine. Rodada con posicionamiento ideológico, pero eludiendo lo panfletario. Bien plasmada la complejidad política del escritor, no exenta de contradicción. Amenábar percibió que la célebre enganchada verbal no necesitaba decibelios extras.

De lo mejor que se ha hecho sobre aquel tiempo aciago, pero ¿se nos ofrecerá alguna vez ese filme que tanto necesitamos? En la Feria del Libro de Ocasión he encontrado un libro del Unamuno que llevaba años buscando: Soliloquios y Conversaciones, en la vieja colección Austral y por solo 4 euros. Según afirma en un texto de 1911, en España más que estudiar el humorismo habría que estudiar el malhumorismo nacional, paradoja que denota su gran retranca. Por cierto, nuestro don Miguel ha sido un científico muy sonriente. Otra lección magistral.

Ya en casa, me vino a la memoria el rotundo Unamuno pintado por Rafael Sánchez Carralero. Lo busqué en el catálogo de la exposición Reencuentro, de 1994. Y allí estaba, expresionista como aquella España de 1936, lo que había olvidado es que iba acompañado por un breve texto mío. Ha llovido mucho desde entonces, pero la balada de la condición humana aún sigue sonando

Nuestro don Miguel
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