lunes. 27.06.2022

La trinchera de los niños

Me siento ante la pantalla del ordenador y me dispongo a hacer lo que debo: escribir una columna de actualidad. Tardaré algo más en escribirla que usted en leerla. Y si algo de lo aquí escrito no se lo lleva el viento será mérito del lector, no mío. Vayamos, pues, al asunto. Fui a la concentración del pasado domingo, para mostrar mi solidaridad con el sufrimiento de Ucrania y mi condena de la política terrorista de Putin. No reclamé solo el final de la guerra, pues no todos los finales valen. Ya que no puede ser final feliz, que sea al menos justo. Lo sé, ni siquiera que un grupo coree la misma consigna puede entenderse que estén pidiendo lo mismo. Tampoco ignoro que la guerra lleva más tiempo en el mundo que la cruz. Me manifesté para reclamar que el ejército ruso abandone inmediatamente el país que está invadiendo, que se indemnice al pueblo ucraniano por los daños económicos y humanos, que los responsables sean sentados ante un tribunal internacional. No confundamos el deseo de paz con la renuncia al castigo. Ah, pero todo esto es más fácil escribirlo que hacerlo. Por desgracia, no estamos ante un problema que se solucione dándose la mano y cediendo ambas partes un poco. Aquí hay un invasor y un invadido. Aunque no es Rusia la que ha invadido Ucrania, sino Putin.

«Nosotros no estamos haciendo la guerra, nos la hacen», declaró Gordón Ordás durante nuestra guerra civil. Lo mismo en Ucrania, no igualemos atacantes y atacados. Ayer, escuché a un exitoso locutor preguntarse irónico si los españoles reaccionaríamos con el mismo heroísmo y la misma unidad que los ucranianos, pues dice que vivimos enzarzados en discrepancias sobre la identidad de género. Cambiar de emisora es más fácil que hacerlo del tiempo que nos ha tocado vivir.

Al final de la manifestación, una joven ucraniana, micrófono en mano y con la voz muy quebrada, nos preguntó a los presentes: «¿Cómo le puedes explicar a tu hijo pequeño por qué están destruyendo su país?». Difícil lograrlo, salvo desde el Bien mismo. Ojalá la inocencia de los niños sea la trinchera que les salve. Y sí, he tardado más en escribir esta columna que usted en leerla, pero esto carece hoy de importancia... aún llueve fuego sobre Ucrania.

La trinchera de los niños
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