miércoles 25/5/22

Un chaval en pijama

El espejo y el DNI nos dicen quiénes somos, pero para saber quién fuiste hay que echarse otra clase de vistazo. En lo que respecta a mi generación, hubo un tiempo en el que muchos fuimos críos que miraban absortos una película. Es misterioso por qué algunas nos fascinaron de chavales, pese a sus complejas tramas adultas. Lo llevábamos en secreto, pues si tienes once o doce años… ¿cómo vas a preguntarle a tus amigos si vieron ayer en la tele una película llamada Ciudadano Kane? El viernes volví a verla. Fue la elegida por José Luis Garcí para su nuevo programa, Classics, en Trece. Llevaba al menos dos décadas sin reencontrarme con esta obra maestra de Orson Welles, pese a ser un filme muy especial para mí. Si cierro los ojos puedo visualizarme de crío en el salón de mi casa y en la noche que la pusieron, cuando me impactó por primera vez la nostalgia secreta del multimillonario Kane por el trineo Rosebud de su infancia, único juguete que tenía cuando era pobre y feliz. Aquella historia sobre la soledad del poder me marcó. Ignoro la razón, solo era un chaval en pijama y ni siquiera de los considerados muy maduro para su edad. Desde pequeño me atrajo la naturaleza humana y mi interés por la misma aún permanece, sin duda, pero ya sin tanta capacidad de sorpresa. También, sé que parte de mi fascinación por Ciudadano Kane se debe a que la vi con mi padre, en el salón. No es que nos impartiera una conferencia cinéfila sobre ella, pero en una casa hasta los silencios son cátedra. Nada se pierde.

Hoy tengo bastantes más años, pero la verdad esencial de la película sí pude al menos intuirla ya en aquella primera vez, aunque se me escaparan claves: solo la soledad del magnate era superior a su fortuna. Acumuló vacío y estatuas. El filme no ha envejecido, ni siquiera porque los Kane actuales son más peligrosos. Gracias, Orson.

¿Estarán los críos de ahora interesados en ver La reina de África Casablanca en el salón de casa y con sus padres, como algunos lo estuvimos con los nuestros? Ojalá. Solo puedo apuntar que mientras volvía a reencontrarme con Kane creí ver el humo de los cigarros con el que mi padre llenó aquella noche lejana el salón de casa. Y volví a sentirme un chaval en pijama.

Un chaval en pijama
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