Diario de León

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La ofensiva contra la Monarquía desplegada por los dirigentes de Podemos, partido que forma parte del Gobierno de España, no tiene precedentes. Es, en sí misma, un acto de deslealtad por cuanto tanto el vicepresidente Pablo Iglesias, como el ministro Alberto Garzón, al acceder al Gobierno prometieron cumplir las obligaciones del cargo con respeto a la Constitución y lealtad al Rey. Sería ingenuo pensar que las declaraciones de uno y otro, encaminadas ambas a desacreditar a la institución monárquica son fruto de un pronto, de un calentamiento verbal. Nada de eso.

A falta de logros de los que presumir en su tarea dentro del Gobierno -la gestión de la pandemia ha sido nefasta- Iglesias que vio las orejas del lobo en las elecciones autonómicas gallegas y vascas donde Podemos se hundió, recurre al discurso republicano como fórmula para desviar la atención de los ciudadanos. Cada día que pasa más se asemeja a Alejandro Lerroux, aquel político de tiempos de la Segunda República al que los historiadores retratan como un maestro en el arte de la demagogia.

La Monarquía parlamentaria definida así por nuestra Carta Magna forma parte del pacto constitucional que durante los últimos cuarenta años ha permitido que España recuperara la democracia y diera paso a un período de paz y prosperidad como nunca antes había conocido nuestro país. El Rey -que reina pero no gobierna y cuyos actos están refrendados por el Gobierno- es el símbolo de la unidad y permanencia de España en los términos históricos que conocemos.

Por imperativo constitucional, la Corona es un baluarte contra el separatismo y los movimientos políticos centrífugos. Como tal es visto como enemigo a batir por aquellas fuerzas que se declaran contrarias al sistema. Sería el caso de Podemos, los partidos catalanes independentistas y en el País Vasco los herederos de Batasuna. Y ahora, también, por parte del Partido Comunista que encabeza el ministro Garzón.

Significativamente la campaña contra el Rey que despliegan los ministros comunistas del Gobierno encuentra un eco añadido en el silencio de Pedro Sánchez. No hay precedentes en las monarquías democráticas europeas —Reino Unido, Holanda, Suecia, Dinamarca— de ataques frontales al modelo de Estado realizados por miembros de sus gobiernos. Que algo así suceda en España y que no haya sido desautorizado por el Presidente del Gobierno da que pensar porque como apunta la sabiduría popular: el que calla, otorga.

Mientras dure, no de otra manera cabe interpretar el silencio de Pedro Sánchez y, por extensión el del PSOE. Aunque esa es otra historia porque hace tiempo que el PSOE dejó de ser el Partido Socialista que conocíamos para convertirse en el partido de Pedro Sánchez.

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