Diario de León

Luis del Val

Matemáticas sexistas

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Soy tan ingenuo, tan despistado y tan escasamente inteligente que, al estudiar las matemáticas, nunca advertí su carácter sexista, amarrado por ese heteropatriarcado del que no teníamos ni puñetera idea, incluso a la hora de caer bajo los vicios de Onán. Tuvo que venir esa gran descubridora de matices del gran feminismo, la señora Celáa, para advertir que las matemáticas contienen una agazapada doctrina machista de la que no nos habíamos percatado.

No es que me las quiera dar de perspicaz, pero lo cierto es que le pillé manía a la división, a la raíz cuadrada, y a las ecuaciones de segundo grado, todas ellas de nombre femenino, aunque debo confesar que jamás me llevé bien con los logaritmos, masculinos en su denominación. Es cierto que la suma también resulta hembra a los inteligentes ojos de la señora Celáa, pero la suma nos pilla en una edad tan temprana que viene a ser como una madre (observación claramente machista, de la que me arrepiento, «mea culpa», mea culpa», a no ser que meta la pata, otra vez, con la señora Celáa, perseguidora del latín, porque está convencida de que no es la lengua de Cicerón, sino de los curas católicos).

Espero que las nuevas matemáticas no supondrán que la raíz cuadrada de 144 no siga siendo 12, pero entiendo el gran avance que supondrá feminizar los números, y poder decir «la dos», «la tres», «la cuarenta y siente», mientras podremos seguir hablando de la vigesimosexta edición, en lugar de «el vigesimosexto ediciono». Este Gobierno, no solamente se ha conformado con abrirnos los ojos, sino que nos está abriendo la geometría que, siendo femenina, sigue con la machista idea de hablar de los teoremas, cuando seguro que se descubre que Euclides o Pitágoras eran gays, feministas, trans, o alternativos, que es que me pierdo siempre en las taxonomías largas y complejas. Gracias a este Gobierno, las futuras generaciones desarrollarán «el sentido socioemocional de las matemáticas». No me echo a llorar por culpa de este raciocinio —sin género— que me inhibe de la ola de gilipolleces que nos invade.

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