Diario de León

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Faltan días, horas y minutos para las masivas publicaciones extra en el boletín oficial, con el fin de barnizar el próximo 28 de mayo. Ese va a ser el cambio de año que interesa a los paganos, no este del salto de calendario, el 2023 después de Cristo, el 106 después de Vladimiro, que es el 43 desde Martín Villa, Peces Barba y otros libertadores, o el 34, desde que Úrsula Merkel se quedó sin muro de Berlín. Ese de primavera es el change real, no este de chichinabo que nos meten por los ojos con anuncios de antigripales y analgésicos, para hacer llevadero el apuro de la congestión y el dolor del coraje que da comerse la moquita sin pelar, igual que nos comemos los impuestos; anuncios de perfumes que sólo se distinguen de los spot de aperitivos con señores y señoras en paños menores cuando, muy al final, señalan a Paco Rabane con ese acento guiri que traen los peregrinos jacobeos que preguntan en La Virgen del Camino por el albergue de Villadangous. Dicen así, Villadangous, con todas las vocales aspiradas, y una pronunciación tan contagiosa como un virus chino, y ese aire de distinción que le da al interlocutor indígena comunicarse en otras lenguas y experimentar la sensación extraordinaria y liberadora que da el conocimiento de saber que hay gente que no está secuestrada por la intensidad de las palabras agudas, y machaconas. Este cambio de año no es más que una distracción, un circo, un devaneo para aletargar la reacción de los contribuyentes mientras afrontan el cambio de rasante que sigue el sentido de las agujas de los meses, tras el que no va a haber cuesta abajo. Hay que pensarlo, antes de que lleguen los políticos (digo llegar, porque es indudable que hay tránsito, que vienen de otro sitio, ellos o sus encomiendas), ponerse críticos, resistir a los mensajes de paz y felicidad y prosperidad y sostenibilidad con dosis de duda. Pensar si somos Gepettos o muñecos de trapo. Hace poco, la amiga de un amigo se compró una serpiente como mascota. La fiera creció, y se hizo con el entorno, hasta el punto de sorprenderle cada mañana tendida a su lado, en la cama. Acojonada, consultó a un experto: «Te mide, para comerte». Como los políticos que se tumban ahora al lado, para zamparnos en mayo.

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