lunes 21.10.2019

Como en la guerra y en el progreso

Uno de los momentos más sugestivos de este tiempo entre elecciones fue el de ese recién elegido parlamentario con impresos de solicitud de hipoteca; no dejó ni enfriar la papeleta en la urna del 28 de abril, glorioso para él, y se presentó antes de que el reloj diera las doce del 1 de mayo en el despacho de un director de sucursal, con ese aire arrogante que permite la gorra de plato y el trato de señoría; no sabe usted con quién habla, o sí, porque entre los avales para lograr el crédito portaba el recorte de un periódico local, testigo del resultado del sufragio. Lo más seguro es que la próxima vez que vuelva a la oficina bancaria lo haga con el tono de modestia que acompaña a quien no va a poder amortizar el viaje. Lo que cambia la vida en medio año vale igual como charla de ascensor que para hacerse el encontradizo en el AVE de las siete, ese que lleva directo al hemiciclo; y de título, para biografías que se hacen a medida de trajes que hasta que se prueban no se sabe lo que sobran. La política, igual que el progreso y la guerra, avanza a costa de llevarse por delante a los prescindibles. Ley de vida. Viene en los manuales de ciencia y naturaleza, en los antepasados del tan bien traído ahora conocimiento del medio que, cuando se imparte en inglés para las nuevas hornadas de bilingües que instruye esta sociedad pretenciosa, queda como un Velázquez a la puerta del Musac. Los documentales de la 2 también ofrecen contenidos de esta tela, entretenidos y accesibles para todos los públicos cuando en las teles italianas te advierten de que no volverán antes de seis minutos. En menos tiempo, decidieron algunos partidos poner en el picadero la cabeza y el cuello de los que hasta la pasada primavera eran sus primeros espadas, el medio para el fin. Una lista electoral es un recuento de valientes; sobre todo, si precisa de que el sujeto pasivo rasque la equis en la casilla de la beneficencia. También, un muestreo para saber quién tiene de lado el beneplácito de los sumos pontífices orgánicos, los que, al final, ponen y quitan en función del roce, los favores pendientes, las lealtades interesadas. Los amigos. Las traiciones. No es nada personal, le habrán dicho a más de uno al darle la patada; es la política. La política. Ese arte de ganar. Aunque no sea otra cosa que dinero a espuertas.

Como en la guerra y en el progreso
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