sábado. 28.01.2023

Criminales sueltos

Con el acoso, depende de a quién, puedes ir a la trena o andar más libre que la burra del guarda. Hay un tipo de hostigamiento que persiste del margen de la ley, que incluso se jalea en el entorno por esa cadencia del cainismo a contagiar de maldad los aledaños, sin tener en cuenta, ni nada, ese rincón del código penal que tipifica el delito y reserva hasta dos años caminito de Jerez para quien ose acometer, empujado por la inferioridad, por márgenes mentales, por la envidia, por la vileza. Por el mal. Se habla poco del acoso conocido por mobbing en el mundillo del aliento en el cogote; igual, porque forma parte de un sistema de subsistencia que permite a los limitados y acosadores atenuar la diferencia de capacidad con los acosados. Tampoco los políticos han puesto de su parte para acotar este fenómeno criminal, cada vez más extendido. Ni en los periodos electorales, que abundan más que los veranos, se incentivan propuestas legislativas para castigar esta práctica tan arraigada en las costumbres populares de ser a costa de otro. Entre los métodos más sanguinarios del acosador hay uno, la luz de gas, que destaca por la sed de poder insaciable. Un acosado me confesó: lo malo no es lo que me hacen; lo insoportable es cómo me hacen sentir. El acoso forma parte de la personalidad de un mediocre que depende de la excreción que vierte sobre la espalda del martirizado. El acosador suele acechar al borde de un paso de peatones que cruza sólo cuando llega un coche. Cualquier tipo con dos dedos de frente que quiera presidir el gobierno sabe que no hay medida más impopular que tratar de endurecer la respuesta penal a este delito con piel de tradición en las relaciones. No se arriendan ganancias si por lograr el voto de la víctima se pierde el de su verdugo. Sería un suicidio en esta sociedad obsesionada con la simetría; en la vulgaridad, no en la excelencia. Habría que preparar a los chavales para saber lo que se les viene encima, si no lo saben ya, por esa vida al límite de la inquina a la que a llegan a condenar las aulas. Más escuela y menos colegio. Se trata de que, además de asomarse a la puerta del bachillerato con sobresaliente en física y un nivel de inglés adecuado a Harvard, sepan distinguir a dos palmos de distancia al miserable hijo de la gran puta que les va a tratar de hacer la vida imposible por el resto de sus días.

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