martes 20/10/20

Cuarenta y cinco abedules

Huele a miel silvestre al cobijo de los abedules; esos amentos que pingan como mocos de pavo cada vez que llega el trance de afrontar la pubertad de la primavera llamaron la atención de los druidas celtas. La primera vez que la humanidad se percató de que aquello, más que árbol, era un catálogo de la farmacopea. Le sacaron el jugo para aliviar el hígado, alfombraron de ramaje el flujo sanguíneo; afeitaron el tronco, fustigaron el páncreas con salpicón de su savia. Con razón, el abedul espanta los malos espíritus y funda la inmortalidad del alma. El abedul es modesto; disimula la elegancia mientras deja pasar con sigilo el viento solano, que celebra sin ostentación, con un leve aleteo del follaje, lejos de la bulla que, con menos, son capaces de alentar las alamedas. Pocas veces se ve tan claro como a la luz de la penumbra que protege la sombra del abedul. En medio del discurso periférico que deriva la ciudad a la monotonía, emerge un bosque de 45 abedules, en disposición de emular a los astros, como un mensaje encriptado que heredamos de otras civilizaciones. Cuarenta y cinco abedules dan encanto a un espacio que de otra forma no pasaría de mazacote de hábitat del alicatado; una media luna, una luna llena, para mejorar el aspecto decrépito de la fachada de espejos de la estrella de la muerte, que tanto horror y destrucción ocasiona en esta tierra. Quedan los abedules leales con el piso; árbol del norte que conduce al norte y fija el norte. Leal con el suelo que mama, al que defiende con pundonor del arrastre, hasta de las crecidas torrenciales que llevan el agua sucia. La mitología ensalza al tejo porque cada una de sus raíces llega a la boca de los difuntos que descansan en los cementerios que escoltan; el abedul descuelga los hombros para que sus ramas amparen a cada existencia. El ciprés honra a los muertos. El abedul se apiada de los vivos. Nada resiste mejor al envite del frío ni ataca con más saña el calor. Hay árboles que son dioses a su manera. Lo es dignificar el resultado de un plan urbanístico basado en avenidas de cuatro carriles y el bypass de las rotondas como solución a las prisas que iban a llevar a una pandemia. El León que sobrevivió a Cecilio tiene alguna idea para mejorar Ordoño. Abedules en posición de descanso, como muro infranqueable.

Cuarenta y cinco abedules
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