sábado 24/10/20

El juego de trinos

Tiene un no sé qué de redentor ese canto indeleble de los mirlos, toda la noche, mientras su pareja alumbra con calor la próxima nidada; si el macho calla, la hembra abandonará el hogar, para siempre, y cuatro vidas quedarán hueras, al borde del imposible, de lo que no fue y pudo haber sido. Otro confinamiento que tiene el propósito noble del instinto de la supervivencia. Esta interpretación para cuerda de los pájaros será lo más cerca que lleguemos a estar de un concierto estos meses, con los festivales del pop cerrados a cal y canto y los escenarios de la tierra devueltos al concepto inicial, al decorado salvaje de los mayos floridos, el murmullo que rompe la bruma del rocío, el telón de fondo de las puestas de sol, y fin del espectáculo. Ese virus de corona que se les escapó a los chinos del tubo de ensayo es una mísera amenaza para la vida; pero, a la vez, un alivio de la existencia que se nutre de un proceso inagotable, de la primera y única economía circular posible, que es la naturaleza. Cuánto hace que las grajillas dejaron huecas las tardes de León del gorgoteo; cuánto, desde que los alabancos proletarios y otras ánades reales perdieron el legado que les pertenecía en el cauce del Bernesga; casi tanto que en aquella época aún se podía escuchar sin afinar el oído el estruendo de los batallones de gansos que volaban en formación camino de los mares del norte por la misma ruta que luego dejó vacante el vuelo inaugural de Lagun Air. Es maravilloso el alarido de los pavos de Quevedo que, en el silencio del toque de queda, va a estallar contra las fachadas de Renueva, igual que un quejido flamenco en la madrugá del Barranco de Granada. Sería inconmensurable, si no hubiéramos espantado a los zorzales, para recrear en la horquilla de las siestas el contraste del silbido pertinente y el chirrido que acompasa al trasiego veloz de los vencejos. Qué engañados vivíamos por suponer que los encuentros musicales más fructíferos eran parte de la biografía común de Lester Young y Billie Holiday. Hay ceremonias que no necesitan del permiso de la autoridad, ni sortear el estado policial que nos rodea. Qué engañados llegaríamos a la muerte si no nos hubieran templado antes con alguno de lo sonetos que declina el petirrojo; sin saber que la primavera viene con los relatos de África que traen las golondrinas, y no con los escaparates de la moda que llega de París. Oh, París.

El juego de trinos
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