sábado. 04.02.2023

Los gritos ahogados en la Puentecilla

La historia contemporánea de la Cultural invita a recitar una alineación como si la directiva fuera aquella relación con la casaca blanca de los años plateados de los 70; o del dorado de Primera; Guisasola, Jandri, Salguero, Saurina... los que sentaron las bases de la modernidad, justo en ese momento clave que funde la experiencia y la sapiencia, el oficio y el saber estar, y el aplomo contagia al tuétano del adene, y por eso, no por arte de magia, ni chiripa, un club deja los harapos y consigue mirar al futuro con ciertas expectativas. El fútbol es esperanza, cosa que en el caso de León multiplica de forma exponencial todas las relaciones con la afición, que es el capital social que evita que ese negociado no sea todo mercantil, y alimente de emoción, frustraciones o alegrías desatadas la cuenta de resultados. En la Cultural, por brega no va a quedar; más, desde que Salvio Barrioluengo le puso una sonda para sobrevivir entre la incertidumbre de los futbolistas por no tener dónde entrenar o saber si llegarían mil duros de la nómina atrasada. Para entrar al selecto club de centenarios, la Cultural pasó cuaresmas y ayunos tan involuntarios que la travesía del desierto de Juan Bautista era un resort entre saltamontes y miel silvestre. Y alegrías contadas, penalties al arco iris en el último minuto. Al final, los equipos se parecen a la gente de la tierra a la que representan, igual que los perros terminan por ser sus amos, con excepciones en las que resulta al revés. Hubo un tiempo en el que León olvidó el camino al estadio, recordó Juan Díez Guisasola, gran señor con grandes soldados, mientras ponía cimientos para hacer de aquel solar un edificio digno de un equipo con león rampante cosido al pecho con la técnica que hilvana la historia a los corazones, entre aquel antes y este después que aflora ahora, a punto del siglo, que fue brillante en el momento de celebrar el platino. No será por la efeméride, pero el último fin de semana se intercaló el runrún del aliciente entre clarines y trompetas y esos acordes pasionales que acompañan al himno de Espadas y Revenga para la ocasión. Igual, hay que repasar los años de gestión de la directiva de Guisasola para sacudirse ese miedo que atenaza los últimos 40 años de León y los primeros cien de la Cultural.

Los gritos ahogados en la Puentecilla
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