miércoles 01.04.2020

Hey, Mr. Churchill!

Los valientes tienen la mala costumbre de morirse rápido. El miedo mantiene con vida, y nada aporta más valentía a un miedoso que ver al miedo envolver al vecino. Trasladar miedo es materia de primer curso del poder; miedo, como corresponde a quien se dispone a matar virus a cañonazos. Y con discursos. El miedo que aterra, no el que guarda la viña. Cuántos se habrán lanzado al vacío convencidos por la propaganda de que hacían lo correcto; aquello de que es más probable morir atropellado porque la mascarilla te tape los ojos que del propio coronavirus, alumbra una idea de Estado que todo lo decide a posteriori; incluso, el concepto de guerra, incuestionable en esta hora tercia del confinamiento. Nunca a verlas venir tuvo una aplicación práctica tan evidente, que excusa cualquier análisis etimológico a posteriori, también. Lo malo de las guerras es que no son buenas para los negocios; aunque, a cambio, generan líderes, que surgen de la necesidad de obtener la subsistencia de los congéneres. Los líderes nacen de un proceso de explosión espontánea, porque las soluciones jamás pueden estar en manos del problema. De este tema sobra bibliografía en León. Teoría, vamos. A estas alturas de crisis, es fácil lograr un esquema más o menos razonable que ayude a entender el origen de la plaga; ya habrán oído que cada cien años se sucede una maldición; en 1720, la peste negra; en 1820 fue el cólera; en 1918, la gripe española; en este veinte veinte toca el coronavirus, que mutó de un bicho al que le iban a hincar el diente y estaba algo crudo. Hay más de 24.000 documentos accesibles para dar claridad sobre el covid; por qué, cómo, con qué. Documentos científicos, no mensajes paternalistas con los que se vienen a remendar aquellas tardes en las que la alarma era la democrática. El aló presidente tiene un sinfín de formatos; una vez, Fidel Castro echó un sermón de 14 horas, al raso, en la puta intemperie del Caribe. No hace falta hablar mucho para decir algo. Stalin, por ejemplo, era más parco. Una muerte es una tragedia; miles de muertes son una estadística. La propuesta no fue a más gracias a tipos como Churchill. Porque levantar un país a base de impuestos es como meter los pies en un cubo y tirar del asa. Hay dos salidas; una, espera a que el agua llegue al cuello y haga de flotador; la otra, se reserva a los valientes, que mueren rápido. Los líderes son prototipos, como los virus.

Hey, Mr. Churchill!
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