lunes 01.06.2020

La coraza coreana

El tiempo cambia las prendas de vestir; también a la coreana, el refugio más seguro que encontró la antepenúltima hornada que completó la EGB, con su laberinto de bolsillos y compartimentos, y su holgura para amparar la orfandad de la niñez y parte de la adolescencia; con sitio para las chapas de la vuelta ciclista al patio, para los cigarros clandestinos, los papelines con señas de citas furtivas y el aroma de los besos inevitables que no se podían disimular en los labios. Y para guardar las manos, en la pose que redime a quien invoca paciencia mientras espera un tren sin hora y con retraso. Tan poco sabíamos de Corea, que la llamamos coreana. Razón tiene el ejército sicario del cártel mediático que guarda la finca del gobierno, cuando se burla de la ignorancia del español de a pie sobre el coreano común; de si vive en una península, si honra al soldado desconocido que le libró de las garras del imperio nipón; si escupe por la calle, si su dios cruzó las aguas del río Han antes del milagro, de la tecnología, de las patentes. Así que sacamos las manos de la coreana, y despertamos una mañana de aquel verano del 88 que acabó en octubre hechizados con el gran espectáculo de los Juegos de Seúl. En esa Corea se dio el preludio del primer fin del mundo que conocimos; del que no podía evitar nacer y del que se resistía a morir; el del canto del cisne de la URSS y la eclosión balcánica, del talento que no siempre se funde en vidas cortas e intensas, que liquidan los genios. Otro partido que la tele del régimen se niega a incluir en las reposiciones históricas dirigidas a espolear la moral de la tropa. Treinta años con vistas a Corea, la buena, y no fluye indicio del porqué un país con la mayor densidad de población del mundo frena en seco la pandemia sin tomar prisioneros; ni idea de la táctica; ni idea de su amor por la libertad, la individual, la colectiva. Coreanos, como los móviles con pizarrín, la domótica y los coches híbridos que envuelven berlinas a precio de utilitario; coreano es el aire sigiloso; coreano, ese espíritu oriental del viaje interior a través de la campiña leonesa y la Cruz de Ferro camino de Compostela. Corea nos birló un mundial. Cierto. Pocos están dispuestos a cobrar la deuda si el país del yin y el yang cediera la fórmula que permite a 50 millones de personas pisar la calle sin ser reos del miedo; y un puñado de políticos para gestionar la estrategia, claro.

La coraza coreana
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