viernes. 19.08.2022

El síndrome de la rana hervida

Qué julios envidiables cuando, camino al paraíso, había que detenerse en el alto del Pajares para colocar las cadenas. Bendito inconveniente en pleno viaje al verano de tu vida que se ofrecía en un paquete turístico personalizado, la fuga, la libertad, y el Simca 1200 tardaba lo mismo que el tren playero. Sin la franquicia de la colectividad, que condiciona políticas que conducen a la gente a los pesebres. Colectividad, de colectivo. El colectivo, literal, como los argentinos, que ya nos llevan unas cuantas décadas de ventaja en el rollo de la inflación, los montoneros, el corralito y el peronismo. Le acaban de poner un segundo peaje al destino estival preferido de los leoneses, la escapatoria, el resquicio, el mar, este mar, la esquina preferida del año, el voy, toco y vuelvo. Prohibido pobres con coches viejos es metáfora de un fin de fiesta para una generación que empezó con la marcha negra, cuando aún era inimaginable que el humo de los cilindros de la térmica iba a terminar en la misma picota que incrimina al utilitario que salió de la factoría antes de 2006. Hoy, han convertido en apestado al que entre en la meca del veraneo leonés con un cancarrio de matrícula desclasificada en el ideario de la transición y el reto demográfico (el nombre vale igual para un ministerio que para ubicar la avenida principal de esa fantasía levantada sobre la idiocia climática 2030). Pobres, no, vocea la maquinaria burocrática del sistema mastodóntico, la hidra de siete cabezas que acaba de despertar del sueño del estado narcotizante de la libertad a Holanda, a Alemania y a Italia. No lo verán en el noticiero de tele Moscú, porque si los pobres tienen miedo a perder los derechos individuales e inalienables, no menor es la canguela de los encargados del contubernio y la cantinela de la sostenibilidad a una rebelión en la granja. Nunca mejor ajustada y certera la previsión orwelliana, por el chispazo y el incendio social del país de los tulipanes. Volvamos a Gijón, con los pobres que tenemos coches viejos, y vida y obligaciones de pobres. Años zambullidos en la olla de agua tibia, con nuestras patas de anfibios, los ojos saltones y la piel fina. Años en el estanque de cocción, ajenos a la subida programada de grados que disimularon con relato mediático. Hasta que la charca se hizo caldo.

El síndrome de la rana hervida
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