sábado 26/9/20

Venga mañana

La exención más célebre del mundo libre se remonta al momento en el que, el ahora cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos, le clava una estaca en la yugular al alcalde Ed Koch, y sale airoso de un pleito por 74 millones de dólares; dispensa fiscal para el imperio Trump, germen del Nueva York que dejó de dormir por no perder sueños, mullidor del glamour, del matriarcado de Ivana, de los Trump que eran guapos, ricos, agradables, y tenían hijos; y dinero. La gente creía que los ricos americanos vivían como los Trump. Hay cosas que no se llegan a entender sin holgura, sin libertad. Es difícil que se produzca en la España actual, donde van a regular por ley los límites de los sueños, para que no se salten el horizonte de lo que el Gobierno cree adecuado, o no, a las aspiraciones de los españoles. Un ministerio de los sueños, para sujetar la emancipación ciudadana antes de que deshaga el remake del social comunismo. Se regulan anhelos y miradas lascivas, gafas de sol, guiños de tuertos. Si piensas que hay algo que no puedes tener, seguro que no lo tendrás. Trump llegó a donde llegó porque, en vez de un padre, tenía un capataz. Un contratista de las afueras de la gran manzana que le abrió los ojos, el balcón, para que supiera ver que la mejor propiedad del mundo, en la Quinta con la 57th no estaba bien aprovechada. No dejó pasar la ocasión de ponerle aleros al dominio cenital de Tiffanys; ese fue su desayuno con diamantes. El resto del guión lleva a la Casa Blanca a través del Medio Oeste. Cuando le preguntaron cómo había logrado una exención de impuestos por cuarenta años, respondió: Porque no pedí cincuenta. En la modestia, el abismo entre el magnate y el contribuyente indígena; el Ayuntamiento de Nueva York quería que Trump pagara; el pagano leonés quiere pagar, y no encuentra forma de hacerlo, entre bancos conveniados que cierran la caja a las once, recaudadores fuera de línea, pagos virtuales en un territorio que lo de móvil no rima con pizza, y contactos más complicados que localizar al corresponsal de la compañía telefónica en Bogotá; ay, del que ose acudir al torreón del viejo Correos, que le endosan el 5% de recargo. Otro episodio funesto de reputación provincial: los que iban a rescatar al mundo rural de las garras del condado de Don Juan, y están ya como aquel alcalde de New York City al que Trump le apretó las tuercas.

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