miércoles 2/12/20

De La Robla al cielo

Apenas he dormido pensando en José Antonio Barrio Planillo, Toño, Plani. He querido velarle sólo, como se hacía antes. Ha muerto más que un amigo; un hermano que estuvo a mi lado en las más duras batallas. Se ha ido después de mucho luchar contra los embates que le había dejado una operación quirúrgica en verano que se complicó. Se ha muerto en La Robla, ni de Coronavirus ni en un hospital; en su querida Celada, patria de Josefina Rodríguez Aldecoa, del tren Hullero a Bilbao, de chimeneas y fábricas. La Robla no se puede olvidar de Toño, aunque en su funeral todos estuviéramos ausentes. Lo siento muchísimo por su madre, Vicen –cómo siento Vicen no poder abrazarte-; su mujer Marimar; sus tres hijos, Miriam, Sergio y Jorge, y su hermano Chuchi. Qué os voy a decir. Cuando me enteré a última hora de la noche del jueves no me podía creer que se había muerto, aunque últimamente le había visto mal. Le estuve llamando por la tarde como tantas veces para gastarle alguna broma, pero no cogió el teléfono.

Habíamos coincidido de niños como vecinos en el barrio de la Estación de La Robla, pero fomentamos nuestra amistad en la adolescencia y primera juventud, en los viajes en autostop a León y en aquel grupo de danzas ‘Celada’ que presidía. Yo no bailaba pero les acompañaba en algunas actuaciones. Entonces Toño era ya todo un personaje de la mejor estirpe roblana, esa ‘Robla’ alegre, integradora, industrial y solidaria. El rey negro en la Cabalgata de Reyes y no os cuento en Carnaval o en las galas de Navidad del Instituto. ¡Qué tiempos! ¡Qué buenos momentos!

No era gracioso; sabía hacer reír. Ingenioso, acérrimo del Barça, tenía la habilidad de imitar a muchos vecinos del pueblo. Nombres que no doy aquí porque no es el momento, aunque me dé la risa recordando a este portento del buen humor llamado José Antonio Barrio Planillo. Toño conocía a toda La Robla por nombres y apellidos, por motes y hasta por las matrículas de los coches.

Podía seguir contando historias e historias. Era, además, el padrino de mi hijo Isaac, como yo de su progenitor, Jorge (ahí me tienes, no lo olvides).

Llegó al periódico como corresponsal en la Montaña Central en 1992, cuando yo me quedé en la redacción de Lucas de Tuy. Yo fui de los que le convencieron. Nunca me dijo no a nada, ni tampoco se enfadó nunca conmigo. Durante casi treinta años, hasta esta misma semana, guardó pacientemente todas las noticias que escribió. Un tomo por año, historia viva que ahora no puede quedar en un cajón en la Montaña Central. Ya hablaremos cuando pase todo. Nunca le vamos a olvidar.

De Toño, de Barrio Planillo, de Plani, me quedo con su corazón bondadoso. Antes de entrar en este periódico y dedicarse al mundo de los seguros, dio clases particulares. Tuvo muchos alumnos en aquel local de Mundo o en casa de su abuela. A muchos, de familias con problemas, humildes, nunca les cobró. Ese era Plani en estado puro.

Una noche, hace muchos años, fue él quien me llamó para darme otra mala noticia, un amigo que se acababa de matar en la mina. También fue una noche desgarradora, triste.

«Éramos alegres, porque éramos jóvenes». La frase es de un libro de Aldecoa y está esculpida en el parque que lleva su nombre en La Robla. Somos alegres, y lo vamos a seguir siendo. Plani era todo menos un triste. Y la Montaña Central lo va a echar mucho de menos.

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