jueves 09.07.2020

El Covid como coartada o los caballos de Troya en la sanidad pública

En los últimos meses la sanidad pública de este país se ha visto sometida a un esfuerzo titánico que ha puesto a prueba la capacidad de resistencia de los trabajadores y la institución. Los baremos que miden la calidad de la asistencia sanitaria pública en los diferentes países nos otorgan posiciones de privilegio y todos comprobamos que, aunque el edificio por momentos se tambaleó finalmente mostró su solidez.

La resistencia ofrecida por la sanidad pública se logró gracias al compromiso de sus trabajadores y a la coordinación de esfuerzos, a pesar de que nadie cuestiona que los medios de protección escasearon en las primeras semanas y que la respuesta se retrasó en el tiempo.

Esta respuesta se dio a pesar de que la sanidad pública venía de una época (2009-2013) en la que el gasto sanitario había caído un 12% y la inversión en equipamientos se había reducido en un 65,2%, tal y como se puede leer en el libro de J. Sevilla ‘Qué está pasando con tu Sanidad’ (Editorial Profit, 2018).

Nadie cuestiona que nuestro actual sistema de sanidad pública, aunque obviamente mejorable como todos los servicios, aporta uno de los mayores bienes que tiene cualquier ciudadano español a un coste relativamente bajo si tenemos en cuenta que el porcentaje de PIB destinado a este fin, 8,9% (dato de 2018), nos coloca por detrás de muchos países europeos.

Aunque la respuesta ofrecida por los hospitales y la Atención Primaria fue ejemplar (nunca olvidaremos que costó la vida de 76 compañeros con una edad media de 60 años) estos compañeros fallecidos y la población en general tal vez no se merezcan el desconcierto que parece vivirse en algunos ambientes a la hora de liderar la vuelta a la actividad.

Si bien la inactividad en las empresas lleva a la depresión económica y a la desestructuración del tejido laboral poniendo en situación extrema a muchas familias, un torpe o desordenado reinicio de la actividad sanitaria, una vez superada la situación crítica de la pandemia, compromete la salud de muchos pacientes que están esperando una respuesta a sus problemas de salud desde el 14 de marzo y que desde hace varios días cuenta con que se recupere su atención, tanto en quirófano como en consulta.

Evidentemente no será sencillo dar respuesta a la actividad atrasada, pero si en la pandemia la sanidad pública se entregó con un compromiso encomiable parece que en la vuelta a la actividad quien está ganado la carrera son los centros privados mientras la sanidad pública está lamiéndose las heridas. Sin embargo, no son los profesionales los que están ensimismados tras soportar el huracán, sino que en ocasiones parece que es la administración la que carece de un plan de recuperación de la actividad, algo que lógicamente favorece a la sanidad privada. Este marasmo directivo puede interpretarse como una estrategia que favorece a una actividad (la sanidad privada) que de manera lícita se está mostrando en estos días mucho más ágil que la pública.

Así como se está acusando al Gobierno central de estar utilizando el estado de alarma para sacar adelante planes no relacionados con la sanidad todos veríamos como una perversión que se utilizara el Covid como coartada para frenar proyectos o trayectorias en la sanidad pública de los que se beneficiaría la sanidad privada.

Este otro modelo sanitario es un complemento irrenunciable en el modelo de salud de cualquier país y a menudo supone un apoyo muy valioso para la sanidad pública. No obstante, sería un fraude para los ciudadanos que sostienen la sanidad con sus impuestos que estos fueran detraídos de los hospitales públicos cuando la atención es correcta para destinarlos a instituciones privadas.

El pasado 20 de mayo la Comisión Europea le pidió a España inversión en Sanidad Pública para evitar los problemas estructurales vividos en la pandemia que considera derivados de «deficiencias en inversiones en infraestructuras físicas y deficiencias en la contratación y las condiciones laborales de los trabajadores sanitarios». Si, como está previsto, sufriremos una nueva oleada en el último trimestre del año hemos de reforzar nuestra estructura sanitaria pues de lo contrario poco habríamos aprendido de la tragedia de estos meses.

Por otra parte, no podemos olvidar que ahora se cumplen 40 años del sistema más exitoso de la sanidad pública española, como es la formación MIR, reconocido junto con la Organización Nacional de Trasplantes como un modelo a copiar por el resto de países. Estos programas de formación son los que nos aseguran con una asunción progresiva de competencias en consulta y en quirófano que cuatro o cinco años después de haber entrado un joven médico en un Hospital esté plenamente capacitado para realizar una cirugía compleja o enfrentarse a otros retos.

Este plan formativo entra en peligro si sustraemos la actividad de los Hospitales públicos y la llevamos al ámbito privado donde la tradición docente no existe pues no están acreditados (salvo contadas excepciones) como centros formativos. Y una formación deficiente supondrá una pérdida de calidad en los nuevos especialistas lo cual empobrecerá nuestro Sistema Nacional de Salud y dañará uno de sus principales valores.

Troya soportó muchos años de asedio y finalmente fue derrotada cuando todos dormían porque de las entrañas de un caballo que consideraron un regalo salió un escuadrón muy bien entrenado. La sanidad pública ha soportado un asedio, pero sus murallas han resistido. Vigilemos los caballos y no hagáis caso cuando os digan que durmáis porque estaréis cansados después de la batalla.

El Covid como coartada o los caballos de Troya en la sanidad pública
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