jueves 1/10/20

A la deriva

Asistimos a un espectáculo dantesco para la inteligencia y el sentido común. Un dislate sin freno en el que todo vale, y suma militantes el ignorar la línea roja del respeto. Esa que nadie tiene el derecho de saltarse, pero que se vapulea para sacar réditos personales. Lo triste es que, en los casos más mediáticos, son ganancias pírricas y puñeteras al servicio sólo de la vanidad personal.

 

Nuestra agenda común suma barbaries a un ritmo imposible de asimilar, mucho menos de aceptar. Pero esta semana han superado mi umbral de perplejidad dos programas de televisión, a los que soy muy poco aficionada, de máxima audiencia y supongo, para nuestra desgracia, que cierta influencia. En uno se analizaba con el habitual colmillo retorcido la exhumación de Franco, que tan ocupados nos ha tenido. Bajo la excusa del humor saltaban todos los tornillos de lo aceptable. Aquello faltaba al respeto de todas las personas. Lo soez no hace gracia. Lo chusco es torpe. Lo escatológico es asqueroso. Me ofendió, como supongo que a todo ciudadano sensato, por más en las antípodas que esté de quien está siendo objeto de burla.

 

En el otro programa hacen paréntesis en el desenfado para pillar cacho con el interminable nicho electoral que nos machaca. Llegó el candidato de turno y, en medio de un sonrojante intercambio de puyitas entre presentador y político de sonrisa imperturbable, se sucedieron presuntas preguntas y comentarios intolerables, desinformadores, ofensivos, manipuladores,... Visto de nuevo incluso desde las antípodas, intolerable.

 

Picos de audiencia que no pueden esconder la impecable labor de la inmensa mayoría de los profesionales de la información, pero que deben ponernos a cabilar. Sobre todo, y esa es la gran aspiración de toda sociedad inteligente (no necesariamente smart society, ahora que somos tan tecnológicos), abonar un espíritu crítico que bebe enormes tragos de adormideras y se inyecta cada día sobredosis de desinformación y adoctrinamiento chusco.

 

España se ha convertido en un enorme camarote de los hermanos Marx, con gentes parloteando a la vez, y manotazos por entrar y salir de escena, por ganar un minuto de gloria en el insoportable ruido ambiente. En un barco sin timonel que no acaba de decidir a dónde va, y en el que nadie toma el mando ni siquiera para responder a la tormenta económica que se barrunta. No naufragaremos, pero todos saldremos mareados. Y así es difícil fijar el rumbo.

A la deriva
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