domingo 19/9/21

¡A la vinagre!

M al se encuentra en España otra región más entrañada en la muerte, sus ritos y mitos que Galicia, donde hasta son capaces de ver a los muertos en hilera penitente deambulando por trochas y corredoiras bajo un nombre que espanta o escalofría, la Santa Compaña con sus sudarios albos, luminarias y hasta haciendo sonar esquila o cencerra para encontrar el camino a su infierno o penar. Allí la muerte tiene mucho predicado social y se convierte en suceso vecinal de concurrencia y responsos. Y las esquelas son el necesario heraldo de la tragedia... incluso de la última estampa del finado, pues en la prensa gallega, como en alguna portuguesa y algo en la asturiana, es frecuente incluir en ellas una foto del difunto, así como el popular apelativo o apodo familiar por el que se le conoció más que por sus apellidos. En Galicia, además, hay que repicar las esquelas en tablones, postes y sobre todo en la radio -antes mucho más- para que su eco alcance a las muchas y dispersas aldeas y parroquias buscando que pueda enterarse todo deudo y acudir al duelo (en Radio Popular de Lugo eran su principal ingreso publicitario). Esas esquelas cuidan mucho el dato y la claridad, aunque no hasta el punto de una que apareció hace dos días en un periódico de Lugo y donde, bajo el nombre de la difunta, entra a muerte el texto que ella dejó escrito, sin anestesia: Siguiendo mis principios y mi particular manera de decir las cosas, dispongo que: Ya que hace mucho que mi familia no es de sangre, impongo mi última voluntad para que solo se deje asistir a mi funeral, en el tanatorio, iglesia y cementerio a las personas que menciono a continuación, y cita un total de 14 con sus apellidos para concluir lapidariamente con un «Al resto de la gente que jamás se preocupó durante mi vida les deseo que sigan tan lejos como estuvieron». El que paga manda y así se editó. Qué cojones y cuánta rabia ahí. Vuela en redes hoy. Y se agradece esa sinceridad entre tanta esquela farisea, pues le cabía ese derecho a Doña Mª Paz Fuentes Fernández. Mi madre habría dicho De muertos, ¡a la vinagre!...

¡A la vinagre!
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