miércoles. 01.02.2023

Caretas fuera

Como estas elecciones eran como un baile de carnaval, cuando acabó la música, 3,6 millones de votos se quitaron la careta y así quedó mejor retratado el verdadero rostro de España, ¡país! Son la poblada peña que votó a Vox y a su Ley de la Estaca, ley fundamental del Estado a la que ninguna otra ley podrá arrebatar la iniciativa, es decir: «a hostia limpia» es legal o de medalla; «hostias en vinagre» son ideales para el tracto intestinal y, por tanto, de utilidad pública; y «hostias como panes» son la ración idónea para el pueblo que no vaya al circo a ver fieras abajo y «fasces» de bronce arriba, en las alturas del tribuno.

 

Esos votos nacen de un hartazgo populá que exige contundencia a quien se la prometa. Contundencia es violencia. Los cabreados suelen volverse violentos por lo general; y no digamos por lo teniente general. ¿Es España así? Hace poquito ni lo parecía. Pero este mal que no mejora, no es de ahora. Hay una España que nunca dejó de pensar de ese modo y aplaudir lo absoluto o totalitario: verjas en el Peñón, tanques en la Diagonal, la razón de la fuerza, palo al Jordi y tente tieso Pachi; es la España convencida (y pruebas sobran) de que sus políticos acaban penduleando entre la idiotez y la corrupción, entre el pancismo y el reclinatorio. Es la España que arde si le atizan las furias dormidas. Es, en fin, la España eterna; así llevamos desde antes de Viriato.

 

De modo que ahórrese esa cara atónita el personal perplejo por los resultados de Vox. Aquí, puestos a ser fachas, lo somos como el que más. Y más. No es de extrañar: de la Quinta del 36 viene hoy la de Nietos del 36 (al padre se le contradice, al abuelo se le imita).

 

Si hoy hubiera elecciones y fuera sincero el voto clientelar o el cautivo de tercas lealtades, los millones de Vox serían seis; y a la vuelta de muy poco media España ya no usaría careta. El populismo está en eterno retorno, el hombre evolucionó para preferir una idea mesiánica y un salvador que la encarne frente a un enemigo al que culpar de todo (Enrique Krauzer, historiador mejicano y autor de «El pueblo soy yo»).

Caretas fuera
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