Diario de León

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Tenía realmente cara de médico, esa cara doctora que tranquiliza al doliente ya al verla, cara de autoridad clínica, pero de voz balsámica y trato cercano, afable. Digo Ciriaco Díez, que anteayer se fue abrochando la historia que cabe en 90 años de trabajada vida de clínica y laboratorio. ¿A quién de esta ciudad no le hizo alguna vez un análisis clínico? Y si arriba le llamo Ciri, es a mi pesar porque sólo le cabía el don Ciriaco por tener don de natura más que de título, pero Ciri se le llamó siempre en casa donde mi padre y tíos eran hermanos más que primos como en extensión García de su Díez, así que la memoria brotó en su despedida reviviendo estampas del rapaz que salió de Villarrodrigo de Ordás para estudiar Medicina en Valladolid, y que siempre que volvía a León pasaba por casa Porfirio donde el encuentro se hacía efusión festiva; bien recuerdo de guaje sus largos parloteos en la tienda familiar. Los años de facultad le fueron de gran esfuerzo y allí un primo que estudiaba con él hasta le animaba a abandonar quedándose tan a gusto gustinón, pero al poco tuvo que ver que volvía a esta ciudad como especialista en Hematología y Análisis Clínicos por la Fundación Jiménez Díaz y aquí le sobrepasaría en prestigio médico y reconocimientos. Desde entonces, no otro que Ciri sería ya el paño de las cuitas y pesquisas clínicas de casa, de modo que el primer truchón de la temporada sería para él, honrando así los sinceros agasajos de corral o de varal que la gente de pueblo siempre le hizo al galeno de cabecera (mucho ramo anónimo llegó a su tanatorio). Tuvo su primera clínica en la calle Fajeros bien entrados los 60 y ahí recordaba mi madre a Porfirio llevándole en su Lambretta al instalarse; la lealtad de familia siempre gobernó el trato. Por eso ha sido un triste adiós al hombre de estatura moral, al pariente muy cercano, al doctor culto y al tanto del mundo que no desdeñó implicarse en ateneos médicos y foros; era gente que sabía y así le recuerdo prudente. Y un detalle: siempre con un beso celebró cada encuentro. Hasta siempre, querido Ciri.

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