sábado 28/5/22

La ruina es bella

Cuando en 1987 el arquitecto Salvador Pérez Arroyo vino a León a venderle a la Diputación un plan para el ruinoso pero magnífico monasterio de Carracedo, el presidente Alberto Pérez Ruiz, siempre cauto ante vendedores o alharacas, no halló a mano a nadie con más criterio y me pidió no dejarle solo acompañándole como director de Proyecto Pallarés. Aviado vas con esta pandereta, le dije, pero encantado porque en este caso el vendedor no era un cualquiera, tenía fama y respeto en la arquitectura nacional, catedrático además, y lo mismo rehabilitaba monumentos que proyectaba después vanguardias altivas (lo primero que ve el leonés entrandándole a Madrid por carretera es su Pirulí de La Moncloa, tan futurista y sideral). Las explicaciones del arquitecto fueron brillantes como era de esperar, ilustradas con planos kilométricos sobre la mesa de juntas, planos dibujados de lujo, y eso hizo aún más persuasiva aquella venta. La moto se compró, era una buena moto y sería la inversión señera de la Diputación en el Bierzo para que no se dudara de la sensibilidad cazurra de pacá del Manzanal; y se le atizaron 400 millones de leandras que acabaron en más porque hasta la pizarra de enlosar su claustro fueron a comprarla a Italia teniéndola a sobrar aquí. Pero el argumento más convincente que nos dio Pérez Arroyo fue que no se abordarían reconstrucciones, ni siquiera rehabilitaciones aunque algún espacio se habilitara; sólo se acometería una «consolidación de la ruina». Me fascinó el término, parece lo único indicado cuando no se puede o no se debe hacer otra cosa. Reconstruir siempre acarrea un algo o mucho de impostura, lo mismo que rehabilitar puede devorar lo único de auténtico que ahí quedara. Habrá que consolidar alguna ruina, ¿no? Por eso recela Sócrates (y servidor) ante lo que puedan hacerle al puente de Serrilla; ¿quién olvida tanta injuria sembrada por aquí en otros puentes y pontonas, ermitas, murallitas o patrimonios? Admítase que mucha ruina es bella por auténtica y por ser lección y que, por tanto, su belleza exige preservarse.

La ruina es bella
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