jueves 21/1/21

Mostrencos

Coincidimos en que el otoño es la estación más plena, pinturera, sabrosa, festiva y la más entrañable al pedir ya lumbre para compartir los dones que haya traído la fecundidad del verano a despensas, tenadas y graneros. Y porque es un irse a gusto en la certeza de que vendrá un volver. Por eso es muerte engalanada de amarillos, rojos, cárdenos y ese cuero con que se abriga el monte antes de retar desnudo al invierno... sin olvidar el verde perpetuo de hiedras, pinos, tejos, acebos, pastos y musgos que aquí se quedan para tranquilizarnos con esperanza cierta... verde que te quedas, verde. El otoño perdicero es de salir al campo a por el último apaño, al rebusco, a recoger lo que todo fuero y código llama un bien mostrenco: que no tiene dueño conocido, cosa del común que no hay pena en «robarla» (otra cosa es que pienses solo en jefes o cuñados al oír la palabrita); anotando: frutos secos, últimas frutas, bayas, hongos, setas, piñas... en Sajambre apañaban hasta los hayucos del haya, le sacaban su aceite para el candil y, en tiempo de gazuza, hasta freían con él sabiendo a rayos. Tiempo para la melancolía. En otoño, antaño, se daba la última pela al prao antes de iniciar la derrota, costumbre feamente muerta consistente en derrotar cancillas y cierres de fincas particulares para que el mísero ganao menudo de la gente pobre pastara un algo. También todos podían atropar las últimas nueces o castañas que el mocerío al palpo asaba después en hogueras inventando el magosto. El otoño pide generosidad y, si no, llámalo caridad vecinal reglada, esa que hoy es un ¡si te he visto, no me acuerdo! y mañana un ¡me toma usted el pelo, aquí ya no damos! Otoño, otoño... la hueste urbana te lo está pisando con botazas de 7x7 leguas, senderistas o seteras, huyen del bicho y se acuerdan de santa Bárbaraturaleza si el miedo toca el cuerno, pero se les aparece santa Basuraleza, patrona de la Mierda que tira su ciudad o ellos mismos por la ventanilla del coche, que ahí es donde les cabe el título de mostrencos y, por tanto, que cualquier gente de bien pueda arrancarles la oreja.

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