viernes 20/5/22

O... diosa Navidad

Como a una diosa de la abundancia alegre esperábamos impacientes la Navidad, fiestas de «aguardar» por traer cosas sólo vistas esos días, de las luces a los sones, de la lotería al espumillón, del espárrago al capón y de la peladilla al pimpiribimpimpín. No abrumaba en larguras esa diosa hoy requetevieja, pero lo parecía ante la tacañez que gobernaba el resto del año. Con la Navidad venía lo extraordinario a librarnos de lo ordinario, esa dictadura gris que llama a la ordinariez. Porque eran días de comidas singulares, de canciones exclusivas y de fiestas o noches sin reloj; qué más pedir.

Pero lo extraordinario murió cuando el pollo invadió los domingos, cuando la ropa de domingo se hizo de «a diario» y cuando la sidra achampañada dio paso al cubata rutinario de los domingos. A la Navidad la mata el adolescente y la entierra el madurito para que de viejos ya no cueste nada odiarla un poco, o tanto y más, disimulando el trago de unas fechas que hastían al exagerar cada vez más el ruido, las bombillas chillonas, lo falsillo, lo falsario y la devoración consumidora... ¡todo sea por los nietos!, dice alguno esbozando una sonrisa de media boca; pero al sentarse en la mesa colmada se pregunta en sus adentros qué es peor, si el vacío de los ausentes o el rencor entre presentes, si la falta de o el sobrar tanto.

Lo decía ayer Jorge Bustos: De todos los motivos para odiar la Navidad el más consistente es la familia... aunque será el que la tenga, replicó un eco.

¿Y qué pasaría si mañana un gobierno laico a rabiar aprobara una ley surprimiendo de cuajo la Navidad al entender que ya son mayoría los que la odian o les ofende?, planteó Peláez, ¿vendrían los arqueólogos de la memoria a reimplantar las Saturnales cristianizadas hace quince siglos por decreto imperial o será opción preferente que cada autonomía-país-nación invente sus propios reyes mágicos aunque sea trayendo de los pelos a la Vieja’l Monte que aquí nidiós conocía hasta que el cazurritonto la decretó por su honda raigambre?... Virgencita, virgencita, que os quedéis como estáis, nos deseó Sócrates.

O... diosa Navidad
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