lunes 21.10.2019

Trabuco tarado

Haciendo alarde de viejo grandonismo terrateniente y cinegético asomó a las páginas de El País un tipo anunciando que en breve se inaugurará en el pueblo extremeño de Olivenza (en su cuartel de caballería del siglo XVIII) el mayor «museo de la caza» del mundo en cuanto a bulto de bichos tiesos y otros trofeos o despojos, «su museo» (1.250 ejemplares disecados de 420 especies distintas; pocas más había en el Paraíso Terrenal), todo ello perteneciente a su colección particular. El tipo es Marcial Gómez Sequeira, que fue presidente de Sanitas antes de vendérsela a los ingleses y lograr embolsarse entonces 22.000 millones de calandrias/pelas/rubias (seguro que hay mañanas en que el lector no las gana). Dice el tipo que lleva 48 años cazando por todo el mundo y que las piezas abatidas por sus cañones han sido «algunos miles» (sin precisar), así que sus pabellones de caza parecen ferreterías abarrotadas con todo el género a la vista del zócalo al techo: cabezas, cuernos, calaveras, colmillos... y por el suelo, pieles y bichos enteros disecados, mentiras de serrín con gesto fiero (que así se justifica mejor el impulso «natural» de abatirlas, son «fieras»).

 

No revela este convicto «defraudador fiscal» cuánto lleva gastado en esa fiebre suya, pero habla de licencias por matar un solo bicho que van de 50.000 a 100.000 euros, a lo que hay que sumar viajes, hoteles, coches, guías, tripeos... y putes, ho, añade Manín, putes; caza y camastru fueron siempre de la manu; pregunta’i, si non, al Eméritu, que n’estes materies tamén tién su doctorau (plagiado de sus antecesores).

 

Nadie cree que dilapidando fortunas en esa caza obscena y exhibicionista no tenga el tío para hacerse un hangar-estaribel y logre que su Junta le ceda patrimonio histórico, dinero y promoción como si, amén de puta, pusiera la cama. Quizá sea casual que el Sequeira (franquista redomao) sea pariente del presidente socialista de Extremadura (y su alcalde socialista de Olivenza, al hilo).

 

Pero no está León para hablar; aquí ya tenemos turbio museo de un solo cazador (pagado por todos y hoy «privado»).

Trabuco tarado