domingo 28/2/21

Iglesias, de dislate en dislate

Hace un par de meses, después de que el Gobierno Sánchez, consiguiera alumbrar, bien cierto que con forceps, los nuevos Presupuestos del Estado nos preguntamos aquí a qué demonios andaba jugando Pablo Iglesias. Fue cuando por el hecho de que sendas formaciones independentistas, la catalana ERC y la vasca Bildu, habían facilitado la aprobación de los PGE, el vicepresidente segundo y líder de Podemos otorgó a ambas un papel en la «dirección de Estado». Tan gratuita consideración, no consta que compartida con el PSOE, colocó a Sánchez en la diana de la oposición, que lógicamente no tardó un minuto en exigir explicaciones ante algo que daba pábulo a aquello que Rubalcaba bautizó como ‘Gobierno Frankenstein’. Se sumaba lo anterior al afán de Iglesias en promocionar, sin contar tampoco con el socio de gobierno, el indulto a los condenados del ‘procés’, ello pese a que los potenciales beneficiarios no solo no habían manifestado ningún arrepentimiento, sino que incluso, caso de Junqueras, habían rehusado su posible indulto con términos un tanto escatológicos.

Para haber sido politólogo antes que gobernante, el líder de Podemos no parece haber aprendido del problema catalán. Hasta el más profano en la materia sabe que su ecléctica posición sobre el ‘procés’, basada en lo del «derecho a decidir», supuso un altísimo coste electoral para Podemos en el resto de España, marcando el comienzo de una decadencia que, aunque no le ha privado de acceder al Gobierno, no ha cesado desde entonces. En lugar de centrar sus esfuerzos en ejercer con eficacia las competencias de gobierno asignadas a Unidas Podemos —aspecto en el que tan solo la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, viene dando la talla— Iglesias persiste en provocar estériles polémicas que no conducen a ninguna parte. Si lo de equiparar a Puigdemont con los exiliados del franquismo produjo estupor en la memoria de la izquierda democrática, cuestionar la democracia española sobre la base de los déficits y zonas de sombra —que indudablemente existen en ésta y todas las democracias homologadas— constituye otro craso error de bulto. Y una cosa es que, en tanto que socio minoritario de la coalición de Gobierno, Unidas Podemos defienda con todo el empeño sus postulados y trate de preservar su autonomía e impronta propia para evitar ser fagocitado, y otra que en su afán de desmarcarse del socio mayoritario mantenga con éste un permanente y agrio pulso retransmitido en tiempo real.

Si no corrige este desnortado rumbo, amén de desaprovechar la oportunidad brindada por su presencia en el Gobierno, Unidas Podemos acabará despeñándose en las próximas elecciones. Y lo que es peor, de la mano de Alberto Garzón, arrastrará hacia el abismo a IU, el tradicional referente político de la izquierda que nunca ha terminado de comulgar con el PSOE.

Iglesias, de dislate en dislate
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