lunes 01.06.2020

Un pacto quimérico

Agrandes males, grandes remedios. Es la máxima que a priori se desprende de la doble propuesta con la que Pedro Sánchez ha acompañado la decisión de seguir manteniendo el estado de alarma: De una parte, reeditar unos nuevos pactos de La Moncloa; de otra, reclamar de la Unión Europea una especie de Plan Marshall que ayude a España a superar los devastadores efectos económicos originados por el coronavirus.

Lo primero ha cogido por sorpresa a la oposición, que precisamente se venía quejando del ninguneo por parte de Sánchez, acusado de actuar de forma unilateral, sin consultar ni siquiera medidas que requieren su convalidación por parte del Congreso de los Diputados. De momento, el planteamiento de ese pacto nacional subsana esa inconcebible falta de interlocución, que por otra parte ha servido de excusa a ciertas críticas estridentes y extemporáneas, incompatibles con la lealtad institucional exigible mientras se vienen contando diariamente por centenares los muertos por la pandemia.

Es posible que la bancarrota a la que estamos abocados sea incluso mayor que la que propició en 1977 los pactos de La Moncloa. Pero la realidad política es sustancialmente diferente. Con la democracia en mantillas y la Constitución por redactar, nadie podía sustraerse entonces al consenso. Nada que ver con la situación actual, en la que nadie renuncia a sus cálculos electorales y está tan a flor de piel el frentismo ideológico que el líder de la tercera fuerza política, Vox, no se le pone al teléfono al presidente del Gobierno.

Ya que resulta poco menos que quimérico ese gran pacto nacional, nos daríamos con un canto en los dientes simplemente con que se recuperara, al menos mientras sigamos en confinamiento, el espíritu de la transición que alumbró pactos como los de La Moncloa.

Cuestión diferente es lo de la Unión Europea, que ya está tardando mucho más de lo admisible en asumir solidariamente los estragos económicos de la pandemia en todo su territorio, ya sea mediante la mutualización de la deuda, ya sea inyectando fondos extraordinarios vía presupuestaria. El salvase quien pueda propiciado por la pasividad de las instituciones europeas alienta peligrosamente otro virus, el de su propia desintegración. Y situar la respuesta en el terreno de la caridad, como ha hecho el gobierno holandés, resulta, amén de insultante para los damnificados, altamente disolvente para el propio proyecto europeo.

Es descorazonador, pero, pese al coyuntural buenismo sobrevenido, sigue sin entenderse que la solidaridad no es ceder algo de lo que te sobra, sino compartir al menos una parte de lo que se tiene.

Un pacto quimérico
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