El Imperio contraataca
Con la intervención en Venezuela «terminó la República y entramos en la fase imperial». Y, cuando se ve amenazado, el Imperio contraataca

El secuestro de Maduro y la intervención norteamericana en Venezuela aportan muy pocos elementos novedosos en relación con otras anteriores en el continente americano.
De la intervención en Granada, en 1983, tras el asesinato de Maurice Bishop, los norteamericanos aprendieron que un golpe y un cambio de gobierno pueden no ser suficientes cuando los derrocados controlan las estructuras de poder. Así, en Panamá, en 1989, ya se encargaron ellos mismos de capturar a Noriega, en un ritual muy parecido al empleado en Venezuela. Por otra parte, muy acertadamente, Juan Manuel de Prada nos recordaba estos días cómo el proceso de transición en Venezuela, instrumentalizando a Delcy Rodríguez y a las estructuras del chavismo, podría estar inspirado en la transición española, cuando Kissinger y la CIA, en colaboración con ETA, eliminaron a Carrero Blanco, principal obstáculo para la evolución del régimen; potenciando también a Felipe González, en el congreso de Suresnes, para que fuese él quien pilotase la integración de España en la Otan y en la Comunidad Europea. La intervención en Venezuela se enmarca en el contexto geopolítico de la pugna entre la potencia hegemónica en declive (Estados Unidos), que ve amenazada su supremacía por la potencia emergente (China), lo que puede llevarla a caer en lo que Graham T. Allison denominó la «Trampa de Tucídides» y, por lo tanto, en la guerra, rememorando las guerras del Peloponeso entre Esparta y Atenas. Otros especulan con un posible acuerdo de no injerencia entre Estados Unidos, China y Rusia, comprometiéndose los norteamericanos a no intervenir en exceso en Ucrania y Taiwán. Será el tiempo el que confirme o desmienta tales hipótesis. Pero muy pocos analistas destacan el motivo que, desde mi punto de vista, mueve realmente a Estados Unidos a una intervención de este tipo, que no es otro que el riesgo de desdolarización. Desde 1971, con la desaparición del patrón dólar-oro, y ya antes, Estados Unidos viene financiando su enorme déficit comercial con deuda y con la emisión de moneda. Una deuda que fue adquirida por Estados y particulares de todo el mundo, especialmente Japón y China, y una moneda, el dólar, en la que se venía denominando la casi totalidad de las transacciones internacionales. Así es como el resto del mundo financia a Estados Unidos, sin que estas emisiones de dólares provoquen inflación en el mercado doméstico. Si esas transacciones pasaran a denominarse en otra moneda, riadas de dólares regresarían a Estados Unidos, provocando su colapso económico. Se da la paradoja de que China no puede utilizar este arma contra su rival americano, debido a que, como consecuencia de su potencial exportador, es uno de los mayores tenedores de dólares y de bonos americanos; pero otros países, especialmente los exportadores de petróleo, sí podrían tener incentivos para denominar su comercio en otras monedas. Según Lorenzo Ramírez, en los años setenta Nixon estudió la posibilidad de invadir Arabia Saudí ante tal eventualidad, llegando después a un acuerdo con los Saud. También Irak estaba negociando con la Unión Europea cobrar su petróleo en euros un mes antes de ser invadido. Gadafi era otro que pretendía cobrar su crudo en dinares y, como comenta el general José Enrique de Ayala, al parecer Venezuela negociaba con China venderle el petróleo en yuanes. Así, la denominación del comercio del petróleo en dólares parece ser algo existencial para cualquier gobierno norteamericano, el cual utilizará todos los medios a su alcance para que así sea. Como decía estos días Tucker Carlson, con la intervención en Venezuela «terminó la República y entramos en la fase imperial». Y, cuando se ve amenazado, el Imperio contraataca.