Esto no habría pasado con el P. Pulgar
Sin haberse hecho la luz, todavía, sobre la causa del catastrófico apagón general del pasado 28 de abril. Sin aclararse —luz aún no vista al final del túnel energético en que nos tiene confinados el Gobierno de Sánchez— tampoco el futuro próximo de nuestro suministro eléctrico, tanto en su generación como en su distribución por toda la Península, creo que parece justo y oportuno reivindicar la figura del genuino ‘inventor’ de la Red Eléctrica Española, que no es otro que el sacerdote e ingeniero jesuita P. José Agustín Pérez del Pulgar (1875-1939). Lo traigo a colación porque, en mi modesta chispa de opinante, esto no pasaría si estuviera a los mandos de nuestra administración energética aquel portentoso investigador, innovador, impulsor de empresas y maestro que en cierto modo era continuador de otro científico jesuita del siglo XVIII, Ruggero G. Boscovich (véase ABC, 21-VII-1987), todo un precursor en diversos campos de la Ciencia y la Técnica.
Pero ahora lo primero es informarles de su vida y obra a esos/as responsables actuales de la política española en cuestión de energías, en particular a la vicepresidenta y ministra para la Transición Ecológica (sic) Sara Aagesen (ésa como adolescente con cara de recién aprobada en la ESO), y, a mayores, a la presidenta de Red Eléctrica Española, Beatriz Corredor. A modo de distopía, no sería nada extraño que el gran formador de electricistas echara una buena regañina a estas damiselas con la severidad con que reprendemos a los niños que meten los dedos en los enchufes. Pues uno —modestamente— querría sugerir a tales autoridades que ojearan la semblanza biográfica titulada Genio y figura del Padre Pulgar (Madrid, 1960), del ilustre periodista Nicolás González Ruiz, ensayo que recoge los logros de dicho investigador, sus reconocimientos académicos y sociales y su fecunda labor docente; en fin, la obra luminosa —nunca mejor dicho— de aquel antiguo bachiller del Colegio de Chamartín, licenciado en Ciencias Físicas por la entonces Universidad Central (1905). Pérez del Pulgar recorrió medio mundo para ampliar experiencias y conocer los últimos avances en el campo de la electricidad, lo que le convirtió enseguida en consultor y orientador solicitado por las más importantes corporaciones energéticas de los cuatro continentes. Para implementar la constitución del ICAl (Instituto Católico de Artes e Industria) en 1908, recorrió numerosas sociedades e hizo visitas a centros fabriles y sociedades especializadas de Inglaterra, Países Bajos (la matriz de Philips en Eindhoven), Inglaterra, Francia, Suiza, etc. Y hacemos aquí un inciso para referirnos a sus incursiones por tierras leonesas con motivo de la puesta en marcha de las centrales eléctricas de Ponferrada y Puentes de García Rodríguez. Años después diría, al respecto el ministro Suanzes: «La figura insigne del P. Pérez del Pulgar no puede olvidarse, ya que él sería feliz ahora, ya que a lo largo de treinta años vivió soñando con un triángulo industrial de energía cuyos vértices fuesen precisamente tres grandes centrales térmicas en las cuencas de Puertollano, Escatrón y Ponferrada». En el entretanto pudo ordenarse sacerdote en Valkenburg (PP. Bajos), donde los jesuitas regentaban un renombrado centro de estudios. Ese fue precisamente el lugar que elegiría también el futuro prepósito de la Compañía, el vasco P. Pedro Arrupe para especializarse en Deontología Médica, ya que previamente se había graduado en Medicina en Madrid siendo alumno aventajado del Dr. Juan Negrin (sí, el mismo que luego presidiría el Gobierno de la Il República). Esta curiosa relación la cuenta muy bien contada Pedro Miguel Lamet en su libro
Arrupe, una explosión en la Iglesia (Ediciones Temas de hoy, 1989)). Por cierto, que entramos en cortocircuito cuando conectamos al ICAl de P. del P. con el nuevo régimen, cuya Constitución decretaba la disolución de la Compañía de Jesús en España (¿habráse visto mayor estupidez?). Bueno, pues ni corto ni perezoso nuestro ingeniero con sotana buscó refugio en Bélgica, concretamente en Lieja, donde reabrió la ya afamada Escuela técnica (hoy integrada en la Universidad de Comillas), que para entonces había formado ya a centenares de expertos en electrotecnia. Indalecio Prieto, eficiente ministro de Obras Públicas de la República, citaba a Pérez del Pulgar en sus intervenciones parlamentarias, una vez que el manual de éste sobre Tracción Eléctrica Ferroviaria había sido adoptado en el programa de la mayor parte de las Escuelas de Ingeniería. El Rey Alfonso XIII acudió a alguna de sus exitosas conferencias, de las decenas que dictó en aquella España a medio electrificar y apenas dotada de una red telefónica a escala nacional. Juraría uno que, a tenor de la zapateril llamada Ley de la Memoria Histórica o Democrática, las antedichas ‘primeras damas’ de la Energía ¡sostenible! en España no querrán interesarse por el precursor de la REE, máxime sabiendo que en plena Guerra Civil el ilustre religioso le ‘vendió’ a Franco la institución de un Patronato de Redención de Penas por el Trabajo, gracias a cuya intervención centenares de presos políticos recuperaron la libertad. Hasta el punto de que, en muestra de su gratitud, varios de tales represaliados quisieron llevar a hombros el ataúd de aquel personaje excepcional y patriota sin tacha... Era aquél un día gris de noviembre de 1939. Es muy probable, por no decir seguro, que el calambrazo que sufrimos cuando aquel bíblico apagón se habría evitado si viviera en estos oscuros tiempos el ingeniero electricista y profeta de la electrificación de alto voltaje en la España pobre... energéticamente hablando, J.A. Pérez del Pulgar, S.J.