Charnegos y maketos
Han comprado el discurso de quienes les desprecian en la intimidad, asumiendo como propia la fobia hacia todo lo que huele a España, es decir, a sí mismos y a sus abuelos
Hubo un tiempo en que los trenes escupían maletas de cartón, atadas con cuerda, sobre los grises andenes del norte y del levante. Eran los desterrados de esa España interior —de la estepa castellana, de los surcos de Andalucía, de las dehesas extremeñas o de los páramos leoneses— que buscaban el pan en los altos hornos de Vasconia y en los telares de Cataluña.
Hoy, los herederos de aquel éxodo, y a veces los propios protagonistas, protagonizan el esperpento sociológico y político más cínico de nuestra historia reciente: el síndrome del converso.
En un alarde de contorsionismo moral que rozaría la comedia si no fuera una tragedia nacional, una vasta porción de este colectivo se ha erigido en la infantería electoral del secesionismo. Han decidido que la mejor manera de integrarse no es la convivencia ciudadana, sino la sumisión ideológica.
Para lavar el «pecado original» de haber nacido al sur del Ebro o más allá de la Cordillera Cantábrica; para expiar la culpa de no poseer un árbol genealógico cuajado de kas, txes o raíces en el Ampurdán, el emigrante se ha abrazado a la teología del nacionalismo con el fanatismo sudoroso del neófito. Es la psicología del huésped acomplejado que intenta ser más vasco que el árbol de Guernica y más catalán que la Moreneta.
Ahí los vemos: introduciendo la papeleta del PSOE-Euskalduno, o engordando las urnas de ese PSC —el PSOE con barretina— que ejercen, ambos, con vocación de monaguillos del independentismo. Los que nutren de votos a las filiales del PSOE, las que les permiten conjugar, su naturaleza de obreros y españoles como rezan las siglas del partido. Y beneficiarse, a la vez, de las prebendas de los separatistas por su apoyo al gobierno de don CumFraude. El «charnego agradecido» y el «maketo redimido», dispuestos a gritar más alto que nadie contra el Estado que los vio nacer, solo para mendigar la palmadita en la espalda de la nueva aristocracia local.
No nos engañemos: no son simples votantes seducidos por promesas sociales. Son cómplices activos en la demolición de la unidad del Estado español. Sin este aporte masivo y anestesiado de la inmigración interior, el separatismo sería, a duras penas, una excentricidad folclórica de la burguesía y los caseríos acomodados. Nunca les hubieran dado los números. Pero ellos, los que llegaron huyendo de la pobreza, les han prestado el músculo y la sangre. Han entregado, en un acto de servilismo inaudito, la llave de su propia dignidad a quienes aspiran a dinamitar la casa común.
Han comprado el discurso de quienes les desprecian en la intimidad, asumiendo como propia la fobia hacia todo lo que huele a España, es decir, hacia sí mismos y hacia sus propios abuelos.
Y la cuadratura de este esperpento culmina, fatalmente, en Madrid. Este mismo caladero de conversos es el principal granero de votos del sanchismo. Sostienen al PSOE para que este, atrincherado en La Moncloa, pague gustoso la hipoteca a los socios separatistas que ellos mismos alimentan en sus autonomías. Es un bucle de retroalimentación parasitaria: votan a los que quieren romper el país en la periferia, y sostienen a quien les abre la puerta desde el centro.
Es la paradoja del siervo que se afana en afilar la guillotina de su señor. Al renegar de sus raíces para comprar su certificado de «buen ciudadano» nacionalista, han convertido su voto en el ácido que corroe los cimientos de la igualdad y la solidaridad interterritorial. ¡Qué acidez y qué lástima produce ver a quienes huyeron del caciquismo de la España profunda, convertidos hoy en los sumisos mamporreros de la nueva casta separatista!