Diario de León
Publicado por
MÁXIMO ÁLVAREZ RODRÍGUEZ
León

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PROBABLEMENTE el fútbol y la política son dos de los temas sobre los que más se discute y debate a nivel de tertulias en los bares o entre amigos y conocidos. Tratándose de dos materias diferentes, cabe señalar que tienen bastantes elementos en común. En primer lugar suelen desatar acaloramientos y pasiones. Cada cual intenta defender su postura a favor de su equipo favorito o de su partido político predilecto con gran ímpetu, sin pararse a escuchar los argumentos del contrario. Hasta el mismo lenguaje emplea términos comunes para ambas realidades: «partido» de fútbol, «partido» político. Si nos atenemos al origen etimológico de la palabra, el verbo partir, comprobaremos que ante el fútbol y la política la gente se parte, se divide, en bandos. De fútbol y de política todo el mundo sabe mucho. Se discuten y critican las jugadas, se sugieren leyes y soluciones a los problemas económicos de la nación y del mundo, se descalifica a los jugadores, a los árbitros o a los gobernantes de turno. No sé si esas mismas personas que critican tendrían la misma facilidad para demostrar sus conocimientos en el terreno de juego o en el despacho de un ayuntamiento o de un ministerio. Pero, a juzgar por lo que se oye, parece que hay mucha gente de valía a quien no se ha dado la oportunidad de demostrarla. Cuando uno es hincha de un equipo de fútbol suele serlo con todas las consecuencias hasta los últimos días de su vida, por muchas que sean las derrotas del equipo propio o por aplastantes que sean las victorias del equipo rival. Otro tanto ocurre a numerosas personas con el mundo de la política: o rojos de pies a cabeza hasta el último suspiro, o de derechas de toda la vida hasta que ésta se acabe. Son incapaces de ver un acierto en sus adversarios o de reconocer el más mínimo defecto en los propios. La diferencia entre el fútbol y la política es que mientras en el primero resulta indiferente que gane un equipo u otro, las consecuencias de la forma de gobernar de unos o de otros nos afectan mucho más. En las llamadas «repúblicas bananeras» la gente suele andar por los extremos: unos como acérrimos defensores de una ultraderecha egoísta e insolidaria, otros como partidarios de una revolución prometedora de paraísos fáciles, y en la práctica inalcanzables, a juzgar por la persistencia de escandalosas diferencias sociales. Tal vez por eso, en los países en los que la cultura y el nivel de vida son más elevados, como es el caso de muchos países europeos, donde el estado de bienestar suele ser patrimonio común, las diferencias entre los diversos partidos tienden a acortarse cada día más, girando lo más posible en torno a lo que llamamos el centro político, sea centro izquierda o centro derecha. Siendo realistas, lo normal es que todos prometan casi lo mismo: trabajo, bienestar, paz, calidad de enseñanza, pensiones dignas, invertir en investigación, favorecer el deporte y la cultura, mejores infraestructuras, etc... El verdadero drama de estar en la oposición se debe a que en muchos casos, aunque no se pueda decir, habría que dar la razón al adversario. Entonces, ¿en qué está la diferencia? En primer lugar en la honradez y en la capacidad de cumplir las promesas. Ninguna sigla garantiza de por sí la honestidad del gobernante, en todos los partidos se cuecen habas y la confianza ha de ganársela cada cual a pulso. Dado que no es lo mismo «predicar que dar trigo», las solas palabras no son lo más importante. Puestos a prometer se pueden decir maravillas. Pero otra cosa muy distinta son los hechos. Por ello la alternancia del poder permite cada vez más al ciudadano distinguir entre lo deseable y lo creíble o alcanzable. Se supone que el pueblo es, en este sentido, cada vez más sabio por ser más experto. Hay dos palabras, «progresismo» y «conservadurismo» que parecen reflejar el talante de la izquierda y la derecha, respectivamente, lo que distinguiría a unos de otros. Pero, ¿todo cambio social significa siempre verdadero progreso?, ¿Es progreso el deterioro de la institución familiar o la promiscuidad? ¿No hay cosas que deben ser conservadas? ¿Es malo conservar la buena educación y el respeto?, ¿Es progresista la marginación de los valores evangélicos que en definitiva han configurado lo mejor de la sociedad occidental? ¿Es correcto mantener situaciones de injusticia y abuso en el ámbito social y empresarial? A veces, por desgracia, el afán por el poder no nace del deseo de servir a la sociedad, sino de servirse de ella y de apuntarse al carro de los que mandan, de manera interesada y egoísta. Esto se da en la izquierda y en la derecha. No es, pues, lo mismo hacer oposición por la voluntad sincera de solucionar los problemas de los ciudadanos que hacerlo por el interés personal, entristeciéndose de los aciertos de quien gobierna y alegrándose de sus fracasos. ¿Cuándo llegará el día en que quienes aspiren a gobernar, tengan como objetivo primordial el servicio a la comunidad y no a sí mismos o a su partido y acepten todas las iniciativas buenas, vengan de donde vengan, y eviten todo lo que es malo, aunque para ello tengan que rectificar lo que ha sido práctica o teoría habitual de sus respectivas formaciones políticas? Para ello tenemos que dejar de utilizar los mismos criterios que en el fútbol, esto es, tenemos que dejar de ser de ideas fijas y apuntarnos al que mejor juegue.

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