EL OJO PÚBLICO
Europa: lo mejor es enemigo de lo bueno
LO SEÑALABA el editorialista de la edición electrónica del periódico Le Mond e: la reunión de Bruselas ha vuelto a demostrar que las cumbres europeas funcionan como los filmes de suspense, en los que sólo al final se desenreda la madeja de la historia. Los 27 líderes europeos llegaron el viernes de madrugada a un acuerdo que incorpora una notable lección de realidad y supone reconocer lo que de inconsciente huida hacia delante había en ese monumental fiasco -la llamada Constitución europea- que a punto ha estado de mandar a hacer puñetas el gran invento de la Unión. Aunque el acuerdo de Bruselas reenvía la elaboración del nuevo tratado que ha de sustituir al que embarrancó tras el no francés y el no holandés a una futura conferencia intergubernamental, lo más importante del consenso logrado, pese a la terca negativa de Varsovia, es que todos aceptan lo esencial: que una Unión de 27 miembros no puede funcionar sobre el principio único de la unanimidad en la toma de decisiones y que ha de incorporarse, por lo tanto, la regla de las mayorías. El que esa incorporación se dilate hasta el 2017 da idea del precio que ha habido que pagar para no irse de vacío de Bruselas. En todo caso, la introducción de la regla de las mayorías es crucial, pues con ella todos los Estados aceptan su compromiso de asumir, llegado el caso, políticas comunes de las que, eventualmente, podrían disentir. Sin esa aceptación la Unión quizá no desaparecería, pero no podría ser nunca lo que razonablemente cabe esperar que sea en el futuro: una unión libre de Estados democráticos que se ponen de acuerdo en renunciar crecientemente a espacios limitados de soberanía a cambio de ayudarse mutuamente y de ganar peso como grupo en la economía y en la política mundiales. Como es fácil de apreciar, eso no es un Estado, ni aun confederal. Y porque no lo es, toda la farfolla de la Constitución y de aquel incomprensible tratado no constituía a la postre más que un asustadero que los enemigos de Europa supieron manejar para que millones de ciudadanos dijeran no a lo que tenía más de elucubración burocrática que de exigencia de la Unión. Es bien sabido: lo mejor suele ser muchas veces enemigo de lo bueno. No tendremos Constitución, sencillamente porque no podíamos tenerla: porque las constituciones las tienen los países y Europa no lo es. Reconocerlo así ha sido el primer paso para salir del atolladero en el que nos habían metido todos los europeístas ortodoxos, que han resultado ser tan poco recomendables para Europa como suelen serlo los monárquicos acérrimos para las monarquías que aún quedan en el mundo.