Diario de León

Desde Ucrania | Marcos Méndez

Arnaud

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Fue él quien se acercó a nosotros. Estábamos en la plaza de la estación central de tren de Leópolis. Se nos ve bien porque somos la única unidad móvil que hay: ahora la mayor parte de los directos televisivos se hacen con unas mochilas mucho más cómodas pero menos seguras si fallan las comunicaciones. Es un tipo fuerte, vestido para la nieve, con un gorro de lana rojo. Tiene gafas y una mirada y hablar sinceros.

«Sois españoles», dice en un perfecto castellano. Nos cuenta que busca ayuda para una familia de Guinea Bissáu. Son cuatro, abuela (Margarita), hija y nietos de 4 y 8 años. La historia de ella ya la conté: no les encuentra sitio en ningún transporte a la frontera por ser negras. Quedé con el teléfono de Arnaud. Hablar con él es maravilloso. Habla 9 idiomas y entiende 15. Es abogado, suizo, de 37 años. Colabora con la Cruz de Malta suiza, interesantísima institución, que para explicarla no llegarían las hojas de la edición de hoy. Está en Ucrania para ayudar. Está casado con una chica rusa, ahora separados, y tiene una hija, Katja, de 17 años, que tiene la doble nacionalidad rusa y ucraniana. Katja está luchando en el frente, en Kiev, pero luego hablamos de ella.

Arnaud estuvo en conflictos en Siria, en el Maidan aquí en Ucrania, en el Líbano... Lo de él es la ayuda sobre el terreno. La primera mano que coge es la de un refugiado. Él huye de las ayudas de hotel de tres estrellas, las profesionalizadas. Dice que es un freelance de la ayuda humanitaria. Pero no cobra, usa sus ahorros para ayudar a los demás. Fue él quien consiguió por fin que Margarita y su familia salieran de Ucrania y tuvieran alguien esperando por ellas del otro lado. Las horas que pasaron ese día en el que su teléfono estaba apagado y no podía contactar con él para saber de ellas fueron las más largas desde que estoy aquí. Fue el domingo. Estos días seguimos en contacto. Arnaud queda a dormir en una tienda en la plaza de la estación. Nosotros le ofrecemos nuestra casa. El jueves por fin aceptó. Dice que ya no es útil aquí, que hay voluntarios de sobra y que cree que es más útil del otro lado, en Rusia, donde hay también mucha gente sufriendo.

No entiende de bandos, solo de personas, y su fluidez en ruso y su pasaporte suizo son buenas cartas de presentación para ir allá. Así que el jueves dijo que venía con nosotros, que aceptaba la invitación y así tomaba una ducha caliente y podíamos seguir hablando. Es de esas personas con las que nunca te cansas de hablar. No quiso dormir en una de nuestras camas. Tiró su saco de dormir en el suelo. Dice que está acostumbrado, y que más le vale por lo que le espera ahora. Nos contó sus planes. Ir a Varsovia, esperar a que le den un visado especial para atravesar toda Bielorrusia para llegar a la zona del Donbás, donde va a ser más útil. Son días o semanas de viaje.

Katja, su hija, se siente tan rusa cómo ucraniana y esta guerra le parece absurda, como a todo el mundo. «Sería como si España y Portugal os pusieseis a luchar, sois pueblos hermanos». Pero decidió luchar en el bando de los que no comenzaron esta guerra.

Arnaud me confiesa que vino a Ucrania para intentar convencer a su hija de que no luchara, él es pacifista. Convencerla de que sería más útil viva que muerta, «pero es su elección y la tengo que respetar. Estoy orgulloso de ella. Ya he llorado todo lo que tenía que llorar. Cuesta decirlo pero estoy casi seguro de que va a morir. Ya me despedí de ella, en mi mente claro que espero que le vaya bien, pero creo que no la volveré a ver». No soy quien de contar esto con mis palabras, así que va tal cual lo grabé de la voz del Arnaud padre. Pregunta por la orquídea que tengo al lado de mi portátil, la flor, le expliqué. Me pidió que la llamara Katja. Por la mañana lo llevamos a la estación a coger un tren hacia la frontera. Seguiremos en contacto, seguro.

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