ENTREVISTA
López-Herrero: «El silencio es hoy una promesa de liberación»
El médico y psicoanalista leonés inicia en febrero un nuevo seminario sobre subjetividad y goce en el siglo XXI dedicado al impacto de la tecnología digital

Luis Salvador López Herrero, director del seminario de psicoanálisis. fernando otero
El médico y psicoanalista Luis Salvador López-Herrero dedica al impacto de las tecnologías su nueva edición del seminario sobre la Subjetividad y el goce en el siglo XXI. El seminario se presenta el 30 de enero en el Colegio Oficial de Médicos de León (19.00 horas) en un acto en el que participa junto al presidente José Luis Diaz Villarig, Tomás Castro, CEO de Proconsi, María Diez, directora de Marketing de Leonconecta y Ana Isabel Barragán, secretaria del colegio. Se hablará de la promesa del algoritmo, de salud mental y tecnología y de tecnología digital, cuerpo y silencio. El seminario se desarrolla un sábado al mes, excepto en febrero que serán dos, de 10.30 a 13.30 horas.
—¿Se podrá tumbar en el diván a la inteligencia artificial para un psicoanálisis?
—Evidentemente no porque la inteligencia artificial carece de la condición de sujeto y de cuerpo; aspectos indispensables para poner en juego el deseo de un individuo.
—Las redes sociales sirven de desahogo a mucha gente, incluso son fuente de inspiración. ¿Dónde tienen sus límites sanadores y empiezan los problemas?
—No otorgo a las redes ningún valor en la estela creativa. Las redes son más bien una fuente de entretenimiento y de contacto simple, a la vez que, en ocasiones, de aislamiento y de refugio ante las inclemencias que supone la presencia de un cuerpo vivo. En ese sentido, dudo mucho de cualquier capacidad curativa per se, pero sí de fomentar un tipo de simulacro de relación, basada en la pura imagen, cuando no, en la palabra encorsetada sin apenas valor emocional.
—Las relaciones se han transformado con las pantallas. ¿Qué se pierde o se gana con la merma del contacto físico?
—Se gana fundamentalmente invisibilidad afectiva a través de la máscara que introduce la pantalla; se pierde la dimensión del encuentro con el aura que emana de lo corporal; léase las pasiones o todo tipo de comunicación a través de un cuerpo que desprende anhelos, frustraciones, miedos, ironía, deseo… y sobre todo enigma.
—¿Le llegan a la consulta enfermos/as tecnológicos?
—No, pero sí pacientes con algún que otro intruso tecnológico que disipa la atención y corta la comunicación. En cierto sentido, para algunos los objetos tecnológicos se han convertido en un apéndice del cuerpo para todo. Lo cual resulta bastante lamentable, y mucho más cuando acontece en los niños.
—¿O más bien ya estamos todos un poco tocados, salvo excepciones, por no poder vivir sin el Whatsapp?
—Para mí lo más asombroso de todo este asunto es la facilidad con la que la industria del consumo ha podido capturar la atención de la población de un modo tan masivo. De la noche a la mañana infinidad de personas se han dedicado a abrazar y a alimentar, con suma benevolencia, todo tipo de artefactos sin reparar para nada lo que esto puede suponer en sus vidas. Lo cual muestra la enorme necesidad que tiene la gente para confiar y creer lo que se le propone, sin ningún tipo de juicio crítico, tal como pienso acontecía en la más tierna infancia.
—¿Qué clase de alianza sería la adecuada con las tecnologías?
—Como ha sucedido en la historia con otro tipo de instrumentos, la tecnología digital ha venido para quedarse. Ahora bien, mientras ésta se encuentre a nuestro servicio, complementando o ampliando alguna de las funciones bajo nuestra supervisión, serán de enorme utilidad. Lo peligroso acontecería cuando se deje que sean ellas las que controlen y tomen las decisiones sin nuestra supervisión, o de que se conviertan en el elemento afectivo indispensable para vivir o relacionarse. Ahí estaríamos otorgando el poder a unas máquinas que nos convertirían en esclavos de sus juegos. Y, desde luego, conociendo la condición humana esta faceta entra dentro de lo posible.
—De acuerdo con el título de su ponencia —»Tecnología digital, cuerpo y silencio»— ¿cree que las realidades virtuales, IA, redes… callan a nuestros cuerpos?
—Al contrario, todo eso lo activa, en ocasiones en demasía. No hay más que ver las alteraciones del sueño en relación con la utilización de estos instrumentos en las horas previas a su conciliación. De ahí el valor del silencio como remedo ante tanta sobreestimulación (luz, sonido, imágenes…), a la vez que promesa de una liberación mucho más acertada, como acontece en la creatividad.
—Las promesas de liberación del trabajo por la tecnología, ¿son una estafa a la vista del agotamiento general de la salud mental?
—El ser humano no sabe vivir sin algún tipo de esperanza, y ahora toca a la liberación del trabajo. Pero lo que se desconoce verdaderamente, y se debería de aprender y de saber aceptar, es que el trabajo, sea del tipo que sea, no tiene por qué ser necesariamente un tedio o un fastidio. Luego el auténtico acto es aquel que dignificaría la relación del ser humano en la actividad laboral a través de la puesta en marcha del deseo.
—Médicos, maestros, periodistas... se quejan de las muchas funciones que asumen con las máquinas que les detraen tiempo de su trabajo central: atender a pacientes, a alumnado y hacer buen periodismo.
—Sí, efectivamente. La tecnología facilita enormemente el trabajo administrativo; incluso para algunos el asesoramiento para dilucidar cuestiones médicas. Lástima que mientras se atiende al ordenador se difumina la mirada y se pierde a veces la escucha en la conversación. Pero ya sabemos que no todo es posible.
—¿Hay una relación directa del hiperyoísmo y las redes sociales como supuestas potenciadoras de la libertad?
—La industria tecnológica es una fuente de manipulación en el mundo actual, capaz de crear expectativas y modelos para un fin, que no es otro, sino que el puro negocio y el consumo. Todo está pensado y dirigido para esto, aunque la retórica sobre este asunto siga el modelo del palo y la zanahoria. Luego es el sujeto el que tiene que sospechar y entender bajo un juicio eminentemente crítico, que «no es oro todo lo que reluce». Lo lamentable es que todo aquello que se convierte en masivo, al final también se convierte en fuente de explotación con el beneplácito del individuo, convertido en reo de la situación.
—Los antiguos cooperaron por supervivencia (hacenderas, propiedad y trabajos comunitarios…). ¿Hay algún resquicio por el que se pueda romper el individualismo imperante en la era digital?
—En la actualidad sinceramente no lo veo. Pero sí mantengo que uno a uno, el individuo puede mantener una relación con el mundo que no sea el individualismo atroz ni tampoco la colectividad obediente. En ese sentido, creo más en la capacidad del sujeto para encontrar su camino y vivir, que en los eslóganes y promesas colectivas.
—¿Qué puede esperar quienes acudan al seminario de este año?
—Una exposición basada en la experiencia, en la que se oriente al participante acerca del mundo en el que vive, así como en los mecanismos que existen dentro de cada cual, que impiden poder afrontar la vida de un modo más subjetivo y vivible.