Jesús Calleja, el hombre que vio dos veces la curvatura de la Tierra
El aventurero leonés Jesús Calleja cumple su sueño de salir de la Tierra

Jesús Calleja sale de la cápsula tras viajar al espacio a bordo del cohete New Shepard de Blue Origin.
Les ha dado un disgusto a los terraplanistas. Jesús Calleja ha visto dos veces la curvatura de la Tierra. La primera desde la cumbre del Everest. La segunda este martes desde el espacio.
No había amanecido todavía en León cuando se sentó sobre el hielo para contemplar el paisaje más grandioso del mundo. Eran las 9,20 horas en Nepal de aquel 30 de mayo de 2005, apenas pasados cinco minutos de las 5 de la madrugada en España, cuando hizo cumbre en el Everest. A 8.849 metros, desplegó la bandera de España y la de León y desde el Sagarmàthà, 'la frente del cielo', vio lo que Pitágoras, Copérnico, Magallanes, Elcano y Galileo defendieron, algunos jugándose la vida.
¿Se la jugó Calleja? «El miedo te protege», dice siempre. Si pasó miedo o no, quedó para él.
A las 16,49 horas de España, las 9,50 en Texas, desde la nave New Shepard de Blue Origin que le llevó más allá de la línea de Kármán, la última frontera, 100 kilómetros, el límite internacionalmente reconocido del espacio, contempló algo más que la curvatura terrestre, comprobó lo que hay quien todavía niega, que el planeta en el que vivimos, nuestra casa, es esférico. E inmensamente bello. Lo hizo desde el lugar donde flota la Tierra, el espacio.
Cuando en León no daban aún las cinco, Calleja se convirtió en el primer turista espacial español, el tercer español en viajar al espacio —los primeros son los astronautas Miguel López-Alegría y Pedro Duque— y adelantó a otros dos leoneses, Pablo Álvarez y Sara García, ellos sí astronautas, porque Calleja ha sido el primero en salir al espacio sin tener una formación aeronáutica previa.
Lo mismo te llama desde la cumbre de una montaña que desde una clínica para depilarse. Igual está en Maraña comiendo en el bar del pueblo que invitando a chorizo de León a una expedición de multimillonarios rusos bajando de un helicóptero en Svalbard. O sale de la boca de un volcán, o se tira ladera abajo en su bici, o sube en globo a una vicepresidenta del Gobierno y convence a un candidato a presidente a hacer rápel desde un aerogenerador en un parque eólico a 300 metros de altura, o toma posesión del Polo Norte en nombre de León —y dice que legalmente vale— con una bandera de su tierra bajando por un agujero un termo agujereado lleno de agua como contrapeso, o hace probar cecina a los inuits. Ayer, sus compañeros de expedición al espacio no han podido hacerlo y no por ganas, las medidas estrictas de la agencia espacial lo impiden. Se han quedado sin un manjar estelar.
Es aventurero, pionero y atrevido, generoso con sus amigos y sus colaboradores, expresivo con sus seguidores, implacable con los negacionistas, los anticiencia y los conspiranoicos, empático, educado —el único de los viajeros espaciales que saludó a la persona que le ayudó a salir de la cápsula— y cariñoso, adora a sus padres, a su hermano Kike —Julián murió hace años, pero no le olvida-, a sus perros, a sus hijos adoptados en Nepal y, ahora, a su nieto, ama León, las montañas y los Picos de Europa, es un gran narrador, te lleva con él de aventura y te hace pasar más miedo y tensión que él. Ayer lo hizo también, nos subió a todos al espacio exterior.
Detrás de todo esto están sus padres, aunque María, su madre, diga ahora que preferiría que su hijo hubiera sido torero. Cómo la entendemos. Pero sin ellos, sin sus sueños, la vida de Calleja no habría sido la que es.
De pequeño, su padre le leía en la cama el relato de los grandes expedicionarios, de Hillary, sir Edmund Hillary, y el sherpa nepalí Tenzing Norgay, o el ataque final a la cumbre el 8 de junio de 1924 de George Mallory y Andrew Irving del que jamás regresaron, las increíbles aventuras de Shackleton o de Amundsen a la Antártida y al Polo Norte, la vida de aventura de Peary o de Scott. Y su madre le dejaba jugar en su peluquería a las naves espaciales con el secador de señoras por casco.
Mientras su padre y sus hermanos pescaban y su madre escribía poemas, él soñaba con subir muy alto. Ayer lo hizo. A una altura inimaginable.
¿Qué le queda ahora? Quizá él ya lo sabe. Se comprende que suscite un punto de envidia. Hace lo que quiere, se dedica a lo que le gusta y tiene éxito. Él se quita importancia. «Mírame, ya ves que soy poca cosa», dice con un punto de cachondeo. O «llegué al Everest porque peso poco y necesito menos oxígeno». Y deja atrás que sólo usó la bombona a partir de los 8.500 metros porque valía mil euros y si quería llegar arriba y, sobre todo, bajar, tenía que administrar bien sus recursos y los del sherpa que contrató por el camino.
El día en que subió al Everest se encomendó a los dioses de la Montaña. Quizá también lo ha hecho ahora, pues en su exiguo equipaje, una pequeña mochila, llevó los collares tibetanos que le regaló un monje en el Himalaya, el reloj de su abuelo, la taza en la que desayuna todos los días y el anillo de boda de sus padres. Así fue como, de alguna manera, los llevó a ellos también hasta el espacio. El día en que Jesús Calleja no dejó dormir la siesta a medio país.