Diario de León

Joaquín Serrano: «El Ramo leonés es más que un artefacto de madera»

El profesor leonés publica la obra '142 ramos leoneses de Navidad y otras festividades' , un compendio de textos escritos por el cura Antonino García Álvarez en el siglo XIX para la ofrenda del ramo de Navidad y otras festividades

Joaquín Serrano, en la hemeroteca de Diario de León con su nuevo libro.

Joaquín Serrano, en la hemeroteca de Diario de León con su nuevo libro.virginia morán

Ana Gaitero
León

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A Joaquín Serrano le ha perseguido el ramo leonés desde su época de estudiante de Filología Hispánica en la Universidad de Oviedo. El sacerdote de Valle de Antoñán, su pueblo natal, le encomendó un manuscrito del siglo XIX con 285 composiciones y casi 15.000 versos.

Era la obra literaria de Antonino García Álvarez, cura de la parroquia de Quintanilla del Valle durante 50 años, entre 1808 y 1858. Tras terminar la carrera, opositar a profesor de enseñanzas medias y formar su familia, en los años 80 se doctoró con una tesis sobre el manuscrito.

En 2004 se convirtió en profesor universitario, hasta 2013, y publicó el libro 'El manuscrito de Antonino García Álvarez (1783-1929), poeta, narrador y crítico polémico', obra que despertó la curiosidad de Alejandro Valderas, como reflejó en 2012 en 'El Ramo de Navidad' de la Biblioteca Leonesa de Tradiciones.

"Me citó tanto que pensé que a día de hoy era bueno publicar ‘142 ramos leoneses de Navidad y otras festividades’, que acaba de salir a la luz de la mano de la editorial Lobo Sapiens y lleva por subtítulo ‘Escritos a mano entre 1811 y 1856 en la Ribera del Órbigo por Antonino García Álvarez».

El cura, natural de Antoñán del Valle, entró en la primera promoción del seminario diocesano de Astorga, que abrió sus puertas en 1799. Se cree que su afición por la poesía se forjó en esta etapa con fines pastorales. «Empezó a ser conocido y le pidieron versos en torno a 20 pueblos», explica Serrano.

«Concha Casado fue fundamental en transformar un asunto meramente de estudiosos en un asunto de la sociedad, nuestro, leonés"

El manuscrito se usó en vida y después de su muerte, en 1858. Y perduró en la memoria popular hasta tal punto que, en 1994, Serrano escuchó a Inés Pérez, vecina de su pueblo, Vega de Antoñán, recitar casi con total exactitud uno de los ramos de los años 40 del siglo XIX compuestos por don Antonino.

La publicación de los textos literarios, que beben tanto de la poesía como de la crónica, que se cantaban en la ofrenda del ramo de los pueblos del Órbigo y Cepeda refuerza el conocimiento de esta tradición leonesa que sobrevivió a la prohibición de pastoradas y otras representaciones en las iglesias en la segunda mitad del siglo XIX. «Era más sencillo y corto y se siguió representando", explica.

El Ramo leonés «es más que un artefacto de madera o el soporte que sea", que se ha popularizado en las últimas décadas y adorna la Navidad en muchas casas y calles de la provincia, enfatiza Joaquín Serrano. Más allá de la forma, está el contenido.

«El ramo es una oferta que se hacía en la iglesia y, para explicar esa oferta, alguien hacía unos versos para que los cantaran. En este caso ser mozas o niñas y muchos pastores y pastoras, que son los mejores», añade. Se ofrecían velas en la clásica forma de foro u oferta porque «las iglesias eran oscuras, había dos curas y mucha actividad" y además de honrar a la Virgen o al santo, era una manera de ahorrar.

«El ramo es una oferta que se hacía en la iglesia y, para explicarla, alguien hacía unos versos que cantaban mozas, niñas y pastores y pastoras"

La participación de pastores y pastoras reales era costumbre. Después del repertorio propiamente religioso que canta el nacimiento o la llegada de los Reyes Magos, eran los pastores y pastoras, y a veces las niñas, quienes protagonizaban el ramo como cronistas.

«Eran los ‘dichos’». Los asuntos nacionales más frecuentes hacían referencia a los abusos de las tropas napoleónicas —de los que fueron víctimas el cura, al que obligaron a quitarse los zapatos y andar descalzo, y la iglesia de Quintanilla del Valle—, la desamortización, la vuelta de Fernando VII, la guerra carlista o las epidemias de cólera. «Cinco años ha que la guerra, más cruel y encarnizada, asuela muchas provincias», dice uno de los veros a la altura de 1838.

La problemática de los pastores, las tormentas, sequías y enfermedades eran los temas locales más recurrentes. «Hablan del hambre en el monte, del frío y de una inundación que está documentada y llevó carros, caballos y vacas». Para el lobo se permitían todo tipo de insultos: «Eso de puto y cornudo a voces se lo llamamos, pero él hácese sordo y camina muy ufano».

En otros ramos las pastoras se citan a sí mismas: «Teresa, Pepa y Geroma son personas de cuidado; Baltasara y Agustina son listas como el pecado y Feliciana y Gregoria son el sargento y el cavo», dicen las pastoras en un ramo de 1826.

Esta dimensión informativa de los ramos «nos hace ver cómo en un pequeño pueblo de nuestra provincia se vivían los acontecimientos nacionales y locales» y presenta al cura con su doble papel de persona culta e intermediario cultural conocedor de las cosas del pueblo.

Como filólogo, señala que el manuscrito presenta menos leonesismos de lo que cabría esperar. «El sacerdote, como persona culta, escribía un castellano bastante castellano», precisa. Aun así ha encontrado peculiaridades como la inicial leonesa ‘f’ en palabras como filandero o fejes o algunas variantes en vocales como aterecido, olmada, a la brigada, apolmonarse (pasar mucha sed) o cojar, con el significado de enfermar las ovejas del hígado o palabras como prestar o querramos.

Serrano subraya que la popularidad del ramo leonés en la actualidad ha tenido una valedora fundamental. «Concha Casado fue fundamental en transformar un asunto meramente de estudiosos en un asunto de la sociedad, nuestro, leonés, tan leonés que nos identificamos con ello y no plantea problemas, como ocurre con otros temas». «Hay una unanimidad maravillosa con el ramo leonés», celebra.

Este profesor que se define también como hombre de pueblo y de su pueblo se ha acercado a la obra de don Antonino de forma intermitente desde aquel primer contacto con el manuscrito que le confió el cura de su pueblo. Aún no ha cerrado el círculo. En 2028 se cumplen 200 años de la inauguración de la iglesia de Quintanilla del Valle, que levantó el cura poeta.

Don Antonino tuvo otro valor para el pueblo. Su sobrino nieto, Juan Sevillano, tomó el relevó en 1866 y fue el párroco hasta 1917.

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