CRÉMER CONTRA CRÉMER
Un siglo grabado en papel
«EL DIARIO DE LEÓN», «que ha salido en carretón». El ciego-vendedor de la esquina de la Diputación, pregonaba la salida del periódico como si se tratara de un acontecimiento superior a los minúsculos, domésticos que amparaban la vida de una población de no más de quince mil habitantes, distribuidos cuidadosamente, según su condición y sus ambiciones en alfoces agrarios, en huertas famosas y en enclaves de núcleos ambulantes; Las Armunias, con sus campos desplegados aspiraba a convertirse en poblado con discernimiento, Trobajo de Arriba, para diferenciarlo de Trobajo del Cerecedo, aspiraba a convertirse en territorio industrial y La Corredera, resultó a lo largo de la historia en una de las puertas clásicas, históricas y literarias de la ciudad, con su senda franca, su fortaleza religiosa de La Virgen del Mercado y también del Camino («La Antigua») y ya a la orilla tumultuosa de los ríos Bernesga y Torío, en una aparatosa conjunción copulativa, las arboledas, camino de los Arrotos: el lavadero para las pulcritudes aldeanas y al pie del camino que miraba al río, los campamentos gitanos, con aspiraciones (estos sí que con fundamento) a convertirse en predio natural de los mercaderes de burros con sabiduría. Y los Padres Capuchinos repartiendo favores para la Semana Santa de las Vírgenes dolorosas. Era por el año 1906 y León, la ciudad nacida de las mercaderías de los indígenas con la milicia de Galba el romano, y León (de Legio) aceptaba el bautismo y se convertía en la referencia más sobresaliente de la historia de España. Contaba para su prestigio con Gobierno Civil, Audiencia Provincial, Cabildo Catedral, de la más bella representación que pudiera haberse deseado, tan pura, tan exenta, tan pulcra. Tirando la línea caminera hacia la Estación de los Caminos de Hierro del Norte de España, se mantenía inacabada la Posada para los pobres de Cristo, que debía ser cuando los Reyes Católicos la engendraron y que después, por los avatares históricos de la malaventura leonesa, dio en instituto, en cuartel y en campo de concentración de aventureros ideológicos. Que así es la biografía de los pueblos: Nacen para lo sublime y heroico y caen en ocasiones en lo perverso. ¡Dios qué buena tierra, si hubiera tenido buen señor! Las gentes que poblaban la campa leonesa eran buena gente, humilde pero honrada y funcionaba al compás que señalaban los «hombres ilustres» que no eran, que no fueron sino mercaderes avisados, y labrantines con retranca, con mucha retranca. Para su mejor conformación como centro de acogida de seres humanos, se contaba con instituto y Escuela de Veterinaria y algún versolari extraviado, se empeñó en aplicar a León, aquello tan andaluz de «León, cuidad bravía/ que entre antiguas y modernas/ tiene trescientas tabernas/ y una sola librería». La cuna de El Diario de León se instaló en el patio del Centro Obrero Católico, en la calle de Pablo Flórez, y su primer director, fue un sacerdote de apellido Cuñado con aspiraciones de padre con sermonario. Luego el periódico pasó por muchas manos y por asociaciones diversas, según el obispado y su secretaría. Fue del Opus sin dejar de ser de Palacio, y acabó en cierto modo, en Don Filemón de la Cuesta, que le dio espíritu peleón hasta exacerbar el temple más bien apático de los leoneses, los cuales no sabiendo ya qué dicterio colocar como referencia de quien era penitenciario del Cabildo Catedral, le sacaron coplas heréticas. Pese a la gravedad de las indirectas nunca llegó la sangre al río pues que le dio lugar al buen canónigo de Caín, en demostrar su generosidad y su buena sangre católica en el 36. Del «Diario de León» y de sus vicisitudes podríamos y quizá deberíamos hablar y escribir mucho más que del Estatut catalán, pero...