Diario de León
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León

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josé enrique martínez

En 2019, Martín López-Vega, asturiano de Llanes, reunió su poesía en El uso del radar en un mar abierto, título tan curioso como el del nuevo poemario, Egipcíaco, que conviene aclarar. Una cita inicial dice que es el nombre de un ungüento para llagas; otra remite a la Vida de Santa María Egipcíaca, poema hagiográfico del XIII; y el poemario se cierra con un Epílogo a la vida de San Martín Egipcíaco, irónica alusión del poeta a sí mismo, a ese Martín López-Vega representado como anacoreta que, después de los cuarenta, parece sentar la cabeza y escribir poemas «para iluminar zonas a oscuras».

Me he preguntado por qué nos atrae esta poesía que mezcla elementos narrativos y reflexivos, tiempos y espacios diversos y sembrada de nombres propios de varia calaña que si los queremos desentrañar, vía internet, dan lugar a una lectura intermitente, con tropiezos a cada paso; quizá se deba a la impresión de familiaridad, de que nos habla de cosas que son o pueden ser las nuestras, de lo que acaso pensamos y sentimos. Tal sensación puede proceder del carácter autobiográfico, desde el primer poema, que propone como día logrado el que se sobrepone a las circunstancias adversas. Después los poemas brotan al hilo de un lugar, una lectura, un recuerdo o una escena vividos por el poeta. Use la primera o la tercera persona, el poeta se transparenta en lo que dice, en muchos casos de forma palmaria, como en Un episodio personal, en Los recogedores de ocle, imágenes de la niñez que le cuesta enlazar en la memoria y en la vida, o en Tema de redacción, recuerdos escolares que se trascienden a pensamientos como este: «Su instinto tendía a la verdad y a la belleza».

Otro rasgo es el cosmopolitismo, «este perenne deseo mío de marchar», dando cuenta de países, ciudades y querencias orientales, con buena cosecha de topónimos y antropónimos raros y remotos (Woolloomooloo, Innamincka, Gelaktion Tabidze, poeta georgiano este...) que impregnan esta poesía de un aire culturalista, incrementado por el hecho de que varios de los poemas broten de la lectura o de la visita de museos, lógico en un poeta que asegura pensar en imágenes.

Entre ellos, Mujer leyendo, sobre un cuadro del holandés Elinga: poetiza de manera personal el contraste entre lo vivo y lo pintado, la écfrasis y la interpretación. En estos y otros poemas practica lo que él llama pensamiento asociativo, que le permite viajar imaginariamente, generalmente a lugares y tiempos de la niñez.

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