jueves 24/9/20
Reconocimiento fallido

El día en que Raúl Guerra Garrido estuvo a punto de ser de su pueblo

El escritor se toma con humor la negativa de una mayoría del Pleno de Cacabelos a nombrarle Hijo Adoptivo, por un defecto de forma, y espera que la política local se calme y «dejen de tirarse los trastos a la cabeza»
Raúl Guerra Garrido en  brazos de su comadrona ‘Marimacho’ y junto su tía Carmen en 1936. Su madre, en la ventana. IEB
Raúl Guerra Garrido en brazos de su comadrona ‘Marimacho’ y junto su tía Carmen en 1936. Su madre, en la ventana. IEB

Hacía calor y todos iban con mascarillas en la boca. Y un defecto de forma, esa fue la justificación que dieron, se llevó por delante la declaración de Raúl Guerra Garrido como Hijo Adoptivo de Cacabelos. El autor de El año del wolfram y El otoño siempre hiere, ambientadas en la tierra donde creció y no nació por casualidad; el escritor que siguió hablando del Bierzo en Viaje a una provincia de interior, título con ecos de Gil y Carrasco, y en Cuaderno secreto; el ganador del Premio Nadal, finalista del Premio Planeta, el hombre que en 2006 obtenía el Premio Nacional de las Letras, el mismo literato que el año pasado recogía en San Sebastián la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X El Sabio de manos de la ministra de Educación, Isabel Celaá, el activista que se enfrentó a ETA desde el Foro de Ermua y durante años sufrió la violencia de la kale borroka en su farmacia de San Sebastián, se convertía el pasado viernes en rehén del enrarecido clima político de la localidad que siempre ha considerado que es la suya, aunque naciera en Madrid un 4 de abril de 1935 porque allí se habían trasladado sus padres para trabajar. Porque ese día, viernes 8 de agosto, jornada de calor y mascarillas, el Pleno de Cacabelos rechazaba, con los votos del PP y de Socialistas por Cacabelos, la propuesta del equipo de gobierno socialista en minoría para homenajear a su escritor más reconocido.

Cumplidos los 85 años durante el confinamiento, y reacio a salir de su casa de San Sebastián en plena pandemia viendo lo llena que está la playa de La Concha, Guerra Garrido se tomaba ayer con humor el desaire que ha recibido en su casa berciana, aunque sea por un defecto de forma. «Mis primos de Cacabelos con los que pasaba los veranos siempre me decían que yo era de Madrid. Así que cuando me llamaron para decirme que me iban a nombrar Hijo Adoptivo pensé; ‘hombre, qué alegría, por fin voy a ser de mi pueblo’».

Socarrón hasta el final, quienes le conocen aseguran que Guerra Garrido está dolido con lo que ha ocurrido -el Ayuntamiento ya había enviado las invitaciones para el acto de homenaje que debía celebrarse esta semana-, pero ayer le quitaba hierro en conversación telefónica con este periódico. «Lo he sentido por la gente que estaba invitada, pero ya tengo el culo pelado de alegrías y disgustos. Solo pido que se lo tomen con calma porque se está tirando los trastos a la cabeza y es lo mismo que pasa con el país. Así no nos entenderemos».

Nieto del farmacéutico José Garrido, que tenía su botica en la plaza Mayor, y con otro abuelo que también era «una institución» en Cacabelos como el fabulador Bernardino Fernández de Navia, en cuya bodega solía pisar uvas después de la vendimia, Raúl Guerra Garrido espera volver al pueblo del que no le dejan ser este otoño, con o sin homenaje. Y tiene claro que su infancia en Cacabelos, en veranos que duraban «desde el rebusco de las cerezas hasta la s primeras uvas» y rodeado de una tribu infinita de primos que siempre le decía que él era el de Madrid, fue «un disparate divino». «El hombre feliz -añade- es el que de niño ha pisado uvas».

El día en que Raúl Guerra Garrido estuvo a punto de ser de su pueblo