jueves. 30.06.2022
Las cuencas vacías

El último aliento del pueblo devorado por el carbón

Promonumenta y Torre desbrozan las ruinas de Santibáñez de Montes, la aldea borrada del mapa, para incluirla en su ruta circular de senderismo
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El desbroce ha sacado a la luz la ruina de la iglesia y otras zonas. DL

Nunca hubo tanta gente como ayer en los últimos cincuenta años en lo que una vez fue Santibáñez de Montes. El pueblo del Bierzo Alto sepultado por la mina de carbón que le dio de comer durante buena parte del siglo pasado, la aldea borrada del mapa en 2010, cuando dejó de existir como entidad administrativa, la localidad de montaña, mal comunicada, que se desmoronó a mediados de los años noventa bajo las voladuras del último cielo abierto, revivió por unas horas con la expedición de la asociación Promonumenta, el Ayuntamiento de Torre del Bierzo y un grupo de vecinos de Montealegre (Brañuelas), empeñados en limpiar los muros que quedan de su iglesia dedicada a San Juan Evangelista y los cimientos de las antiguas viviendas para convertir las ruinas en una parada de la ruta circular de senderismo por el municipio que financiarán medio millón de euros de los fondos europeos de Resiliencia.

                      A mediados de los 90, el pueblo vacío era un gran establo. MICHI
Un voluntario, encaramado entre un muro y un árbol. DL

Armados con desbrozadoras, y azadas, y motosierras, y podadoras, una treintena de voluntarios trabajó durante toda la mañana para adecentar los venerables restos de una iglesia hermanada con la de Santa Marina, cuyos vecinos ya salvaron en su día algunos elementos ornamentales y el arco, trasplantado en 2018 al templo de la población habitada. Y en su esfuerzo, a pleno sol, brotaba ayer el último aliento de un pueblo devorado por el carbón. «Y quieren volver el año que viene», decía, agradecido, el concejal Melchor Moreno, que formó parte del grupo de trabajo.

Habitado durante décadas por mineros que tenían la explotación de Antracitas de Brañuelas a la puerta de casa —todavía se habla en el Bierzo Alto de la anécdota de un alcalde pedáneo que tenía un ojo de cristal y que llamó a concejo para recuperarlo porque se le había perdido en el arroyo donde los hombres se lavaban cuando salían del tajo— Santibáñez de Montes se fue despoblado en los años cincuenta y sesenta, paradójicamente cuando arreglaron un camino de acceso hasta un lugar al que hasta entonces se llegaba caminando o a lomos de un burro, como recordaba en 2018 Julio Viloria, uno de los últimos niños en nacer en el pueblo.

                      Un voluntario, encaramado entre un muro y un árbol. Derecha el desbroce ha sacado a la luz la ruina de la iglesia y otras zonas. DL
El desbroce ha sacado a la luz la ruina de la iglesia y otras zonas. DL

Los últimos en dejar la aldea fueron un vecino apodado Perrín y su esposa, recordaba Viloria. Ya no quedaba nadie más allí y nadie resiste mucho tiempo en un lugar habitado solo por sombras. Así fue cómo Santibáñez se convirtió en una suerte de Anielle, el pueblo abandonado de la novela La lluvia amarilla de Julio Llamazares.

Fue a mediados de los años noventa, cuando ya parecía olvidada, cuando la aldea reapareció en los periódicos debido al pleito que mantenía un ganadero que había arrendado las viviendas vacías para que le sirvieran de establo a sus vacas con el todopoderoso empresario minero Victorino Alonso. Fue una lucha de David contra Goliath. Y esta vez ganó Goliath. Antracitas de Brañuelas compró, una a una todas las viviendas, desalojó al ganado, y extendió el cielo abierto del que todavía extraía el carbón dinamitando los inmuebles. Muchos de los antiguos vecinos vendieron convencidos de que era lo último que podían hacer antes de que les expropiaran las casas.

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A mediados de los 90, el pueblo vacío era un gran establo. MICH

Tres lustros después, con la mina a cielo abierto cerrada, escondidos sus restos por la maleza, y la mayor parte de la estructura de la iglesia, el único edificio que había sobrevivido, derrumbada, el Ayuntamiento de Torre aprobó en sesión plenaria la disolución de Santibáñez como entidad legal. Sin gente. Sin casas. Sin carbón. Y desde entonces, también borrado del mapa.

Pero la memoria de quienes nacieron y se criaron allí es terca. Y así fue como en septiembre de 2018 —lo contó este periódico— los hijos de Manuel Moreno Viloria, un antiguo vecino del pueblo emigrado a Portugalete, enterraron en el cementerio, a la sombra de un roble y frente a los últimos restos de la iglesia que ayer desbrozaron los voluntarios de Promonumenta, una parte de las cenizas del difunto bajo una lápida negra. Manuel Moreno solía volver en verano al Bierzo Alto y cada año llevaba a sus hijos a merendar en el pueblo abandonado.

Ayer, los voluntarios que quieren volver a poner a Santibáñez en el mapa le dieron un nuevo aliento al pueblo. Pero quizá, la bocanada de aire definitiva para que no se pierda la memoria de la aldea le llegue con el compromiso del Ayuntamiento, adelantado por Melchor Moreno, de destinar fondos del Plan de Mejora de Montes para adecentar su entorno. Será el triunfo final de Santibáñez de Montes sobre el cielo abierto que se lo tragó hace un cuarto de siglo.

El último aliento del pueblo devorado por el carbón