martes 11/5/21
diez años después

Villada mantiene vivo el recuerdo del accidente

El 21 de agosto de 2006 descarriló un Intercity 280 que venía de Galicia con destino a Hendaya con 426 personas a bordo, muchos de ellos peregrinos, falleciendo siete personas y resultando heridas un centenar.
Así quedó uno de los vagones más afectados en el accidente de hace diez años. BRÁGIMO

almudena álvarez | palencia

Una década después del accidente de tren que se llevó siete vidas y dejó casi un centenar de heridos en la estación del municipio palentino de Villada, el recuerdo de esta negra tragedia se mantiene en la localidad cada 21 de agosto.

Sin quererlo, Villada se convirtió en el verano de 2006 en el pueblo donde descarrilaba un Intercity 280 que cubría la línea ferroviaria La Coruña-Vigo con destino Hendaya-Irún con 426 personas a bordo, muchos de ellos extranjeros y peregrinos que regresaban de Santiago, tras hacer el Camino.

«Aunque nos gustaría olvidarlo, estas cosas no se olvidan nunca. Y, por desgracia, las imágenes de aquel día siguen vivas en la memoria de todos los vecinos de Villada», ha explicado el alcalde, Jose Antonio Alonso.

Por eso es inevitable que cada 21 de agosto los vecinos de este pueblo que suma mil habitantes, vuelvan a recordar lo que estaban haciendo ese día, cuando un tren, que circulaba a 125 kilómetros hora donde debería haberlo hecho a 30 kilómetros hora, arremetió contra los pilares del puente que hay sobre la vía y provocó un enorme estruendo que heló la sangre de muchos.

Los seis vagones del comboy se salieron de la vía y quedaron volcados, pero fueron los dos que chocaron contra los pilares del puente los que quedaron hechos un amasijo de hierros.

«Cuando vimos aquella imagen pensamos que iba a ser una catástrofe. Nos imaginamos lo peor. Nos costaba subir a los vagones para sacar a la gente porque estaban inclinados», ha recordado José Antonio Alonso, que entonces no era alcalde, pero vivió el suceso desde la primera línea porque se encontraba trabajando en la fábrica de Pipas Facundo, justo al lado del lugar del accidente.

Al estruendo se sucedieron escenas de pánico, gritos de auxilio, el sonido de las sirenas de los servicios de emergencias y la movilización de todo un pueblo que, sin quererlo, dio una respuesta inmediata y acertada a tanto caos y se convirtió aquel día en sinónimo de solidaridad.

«Había muchos viajeros desorientados que querían recuperar sus maletas y marcharse, pero no sabían hacia donde ir. Otros heridos, que pedían que les ayudáramos. La gente les daba agua, toallas para limpiarse, e intentaba calmarles. Nos convertimos en psicólogos improvisados. Sólo intentábamos ayudar, cada uno en como podía», ha relatado el regidor.

Por eso las cocheras de Pipas Facundo se convirtieron en un improvisado hospital de campaña, los trabajadores sacaron todos los bancos de los vestuarios para acomodar a los viajeros, y los botiquines para atender a toda la gente que, los más valientes, iban sacando de los vagones.

Cada vecino se convirtió en el eslabón imprescindible de una cadena que ayudó a amortiguar una gran tragedia y que una década después sigue siendo el punto positivo que cose la gran cicatriz que dejó aquel accidente en este pequeño pueblo de la provincia de Palencia.

Villada no se ha prodigado en homenajes, más allá de un monolito, inaugurado en la estación del tren en el primer aniversario del accidente, y de un albergue de peregrinos que lleva el nombre de los cooperantes Julián Campo y José Santino, que fallecieron en el accidente.

Tres años después, sólo una persona, el maquinista del tren, se sentaba en el banquillo de los acusados, y el Juzgado de lo Penal de Palencia dictaba una sentencia que lo condenaba a dos años de cárcel y cuatro de inhabilitación profesional como autor responsable de siete delitos de homicidio por imprudencia grave profesional y de 86 delitos de lesiones por imprudencia grave profesional.

Villada mantiene vivo el recuerdo del accidente
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