viernes. 27.01.2023
Hubo quien se indignó y me prometió los infiernos por hablar ayer de la mano incorrupta de santo Martino sin la unción y maravilla que el fenómeno debería sugerirme. Vaya por Dios, hombre. Habría que recordar que hace quinientos años, con la broma de las reliquias y de las bulas, media Europa se escandalizó de tal forma, que se hizo luterana. El negocio y la mentira hicieron perder la fe. Inventaron otra iglesia y otro canon teológico. Y no les debió ir mal, porque acabaron inventando también los Estados Unidos y el puritanismo protestante se fue comiendo medio mundo. Depuraron ritos, dogmas y cultos; fuera imaginería mágica, fuera lo telúrico; el hombre solo ante Dios sin más intermediarios que una Biblia como escalera al cielo. Los protestantes no dan culto a las reliquias. Allá ellos; ellos sabrán. Pero la bendita gente mediterránea, desde la que reza en un milagrero santuario portugués hasta las basílicas ortodoxas de la Capadocia turca, besa, siente hondo y hasta sana si posa sus labios en un arquetilla de cristal que conserva el cráneo de san Apapucio, el brazo de santa Teresa o la sangre de san Pantaleón. Ese bendito pueblo de Dios en su modorra doctrinal comprende mejor la fe si se arrodillan bajo la bóveda de lo mágico, del milagro y la ceremonia. Nada de leer Biblias ni zarandajas. El pueblo... que rece, crea, calle y diga amén. La fe en las reliquias sigue viva. Sin embargo, si se quisiera probar la autenticidad de estos venerados restos con los precisos métodos de la ciencia, habría chasco y escándalo: huesos del siglo X atribuídos a un mártir de Nerón, maderas de la auténtica cruz y de seis árboles distintos, huesos de cabra o choto, plumas de arcángel, lágrimas de la Magdalena, leche de la Virgen o suspiros de monja estigmatizada. La razón exige estas pruebas, pero creo, y no me contradigo, que la prudencia no lo aconseja. Si la gente quiere creer en ello, está en su ley. Aún falsas, resulta que algunas ayudan o curan, como pasa con el efecto placebo del polémico biobac contra el cáncer. La prudencia vaticana ha hecho retirar las más patrañeras y escandalosas. Pero ¿se destruyeron? No creo. Mañana te traigo aquí las dos más esperpénticas que conozco, León por medio. (Continuará) La marea negra también.

Plumas de arcángel
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