lunes 16/5/22

Una ciudad a 1.500 metros de altura

Siro Sanz y Eutimio Martino documentan un gran castro prerromano en la cara sur del monte Peñacorada .
Muralla del recinto superior del castro ubicado en el lugar conocido como Campo Ciudad; al fondo, la reconocible mole de Peñacorada..

Los despojos arrasados por el tiempo de lo que, según sus descubridores, fue en su día una importante población de los habitantes indígenas de la actual tierra leonesa llevan cerca de dos mil años esperando que alguien que los visite y examine. Y los primeros estudiosos conocidos en franquear sus derruidas puertas han sido dos auténticos maestros en todo cuanto se refiere al pasado de la Montaña Oriental, el historiador de Cistierna Siro Sanz y el erudito sajambriego Eutimio Martino.

El nombre tradicional que ha venido recibiendo este paraje cercano a Peñacorada —uno de los montes más reconocibles al sur de la cordillera—, es significativo o misterioso: Campo Ciudad. El pasado 23 de marzo, Sanz y Martino exploraron y estudiaron los montones de material que lo configuran, y redactaron un estudio del que en octubre se hizo eco el Servicio Territorial de Cultura al incluirlo en la carta arqueológica aunque, eso sí, obviando los nombres de sus descubridores, tal y como denuncian ellos mismos. El castro, «del que no tenemos constancia de otros estudios ni campañas de prospección o excavación», según informó Sanz a este periódico, se ubica en la cara sur del macizo tutelar de la villa de Cistierna, rodeado por altas cumbres. Así, al Norte se yergue el Pico Corbero, de 1.679 metros; al Este, Peñacorada, de 1.831, y al Oeste, el pico Valdelagua, de 1.551. «En el circo formado por estas tres eminencias calizas se dispone el recinto castreño, en las últimas terrazas que forman las curvas de nivel de un monte de 1.481 metros de altura, situado entre los arroyos del Hoyo y de la Bita», detalla Siro Sanz. En cuanto a su superficie, el autor de Origen y misterio de los nombres de agua en el concejo de Cistierna y muchos Cuadernos de campo en colaboración con Martino, admitió que resulta «difícil» definir la extensión exacta del recinto castreño, pero le han calculado «una superficie aproximada de una hectárea».

En su estudio, ambos expertos reflejan cómo el recinto tiene forma irregular y se adapta a lo abrupto del terreno con dirección Norte-Sur: «Reconocemos, sin embargo, una forma oval en la parte superior, mientras que en la inferior adopta la apariencia de una quilla de barco. Por el Este aprovecha como defensa los fuertes escarpes calizos, reforzados por muralla aún reconocible en algunos tramos. Y al Oeste del recinto inferior, la parte más accesible, existe un tramo recto de muralla de 100 metros de largo por 2,50 metros de ancho». Pero hay más tramos visibles: «En la parte superior aparece otro tramo de muralla de unos 50 metros en forma de arco con una anchura aproximada de 2,30 a 2,50 metros». Unas murallas que presentan paramento exterior e interior, construidos con piedras de mediano tamaño y forma irregular, y con el espacio entre ambos relleno de piedra menuda, sin distinguirse restos de argamasa. Consta en el estudio que todos los tramos reconocidos «están desmochados hasta su raíz, y en la ladera oeste el derrumbe forma un amplio canchal», pero también que en la parte superior del recinto, a unos 60 metros fuera de la muralla, se observan «algunas estructuras tumuliformes de piedra, existiendo entre ambas ocho metros de separación».

En cuanto a su entrada, Martino y Sanz reconocieron un posible acceso por el Oeste, «donde el castro remata en algo parecido a una acrópolis». «La puerta traza una especie de clavícula, un elemento típico de la entrada a un castro, que contribuía, previsiblemente, a la defensa de la misma», describen.

¿Por qué el nombre?

El nombre de Campo Ciudad resulta bien extraño dada la altura del emplazamiento y el hecho de asentarse en plena pared rocosa y desnuda, sin apariencia alguna de campo y menos aún de ciudad. Pero ni a Siro ni a Eutimio les arredran los retos. «Ambos son términos heredados del latín y con el mismo significado que hoy en día tienen, por lo que tuvimos que remontarnos más allá, a la esfera de una lengua hablada en estas latitudes antes de la conquista romana, que aquí se desarrolló en torno a los años veinte antes de Cristo, unos dos siglos después de haber comenzado por Levante, una lengua que resulte aquí verosímil, esto es, céltica».

Y así, recuerdan que en celta existe un adjetivo, cambo, ‘curvo’ (de donde viene la camba del arado), pero es término que también se aplica a las corrientes de agua en cuanto sinuosas, «y cerca tenemos el río Camba, afluente del Cea». No es difícil que cambo y campo se confundan fonéticamente, y es que además Campo Ciudad está flanqueado por dos arroyos recién nacidos. En cuanto al segundo elemento, la posibilidad de ser latino no es pequeña, pues «pudo recibir ese nombre tras la conquista, como sinónimo de ‘población’, y por haber sido un castro importante». Eso sí, aportan otra opción, la que tiene en cuenta el nombre del arroyo de la parte oriental, más abajo del río de La Llama, que se llamó Ceión y dio nombre a todo un territorio, con denominaciones relacionadas como Cea, Cidayo, Cidad... «Es muy posible —continúa Sanz— que de un supuesto Cidad se pasase, por etimología popular, a Ciudad. Tendríamos entonces Campo y Ciudad, dos topónimos de base hidronímica referidos al mismo lugar. Se explica el que unos pobladores, al no comprender lo que expresa el nombre precedente, se valgan del suyo propio, que significa lo mismo, pero sin desechar el nombre anterior».

Además de las mediciones y comprobaciones, el dúo de historiadores ha echado mano de documentos como aquel de 1182 en el que Fernando II concede a la iglesia de Santiago de Compostela la de Santo Tomás con todo el realengo de Quintana de la Peña. «Ahí se citan varios términos de Peñacorada, entre ellos el de Civitatem. Otro documento, de 1542, sobre el pleito entre el concejo de Valle de las Casas y Almanza, cita a Campo Ciudad en la forma actual, y lo determina como un lugar donde se encuentra el arca o mojón de tres jurisdicciones».

Por eso creen los expertos que quizás «estemos más cerca del castro del cual proceden los Deobrigi (los de Deobriga, la ciudad de Dios), dedicantes de la lápida de Dovidero». «La destrucción hasta su raíz de las murallas de este castro de la Edad del Hierro sólo puede explicarse en un contexto de guerra con Roma, bien por sus pobladores obligados mediante capitulación, bien por la acción directa del romano», opina Sanz, sin dejar de recordar que muy cerca, en el despoblado de Lomas, fue hallada una moneda del emperador Augusto, de la época de las guerras cántabras.

Una ciudad a 1.500 metros de altura
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