UN DIARIO PARA LA MEMORIA

Tres días de julio: del taller a la guerra

Juana López era casi una niña cuando la guerra invadió su vida. Integrante de la peña femenina naturista, era afiliada a UGT y amiga de Teresa Monje. Su diario, una película de cómo se sucedió la sublevación en León, la condujo a San Marcos, de donde salió con una condena a 30 años

Tenía estampa de diva de Hollywood, una belleza a la moda de la época y los sueños propios de la juventud. Cuando se produjo el golpe militar que en 1936 desencadenó la guerra que marcó el destino de España durante el siglo XX, su vida empezó a caer en el abismo como todo lo que la rodeaba. Los nuevos tomos de la colección sobre la Guerra Civil en León que Diario de León publicará desde finales del próximo mes de abril, rescatarán a muchas mujeres leonesas del olvido de la Historia. A una de ellas, en particular, le devolverán la voz a través de un documento hasta ahora inédito, pero de gran valor por ser un testimonio en primera persona de un momento clave de la historia contemporánea: el relato de cómo vivió la sublevación de julio de 1936 una joven leonesa que formaba parte de las Juventudes Socialistas.

Bajo el título Mi diario bajo el régimen fascista militar y una preciosa caligrafía, la muchacha da cuenta detallada de los nervios en la Casa del Pueblo y el estrépito de los disparos durante los «tres días de julio» que transcurrieron entre los primeros ecos del levantamiento militar en el norte de África, hasta que los militares se apoderaron del control de la ciudad de León, el 20 de julio. La presencia en la ciudad de las columnas de asturianos, el malestar de la clase obrera por la negativa a entregarle armas por el gobernador civil, sus avatares por las calles entre disparos y su huida corriendo de la muerte tratando de llegar a la Casa del Pueblo, en presencia de personajes como el capitán Eduardo Rodríguez Calleja, y el asalto final de los golpistas a la Casa del Pueblo como triste imagen, mirada a distancia, de la inminente derrota.

Un fragmento del diario de Juana López, con una caligrafía exquista. CEDIDA POR LA FAMILIA DE JUANA LÓPEZ

La autora se llamaba Juana López Rodríguez, Juanita para su familia y amigos, había nacido en 1916 en Bayona (Pontevedra) y, huérfana de padre, su infancia discurrió entre esta localidad y Madrid, hasta llegar a León al filo de 1931. En la ciudad vivían ya unos parientes y la familia se estableció en una casa de la calle Puertamoneda: la madre, María Rodríguez, trabajaba como cocinera en el Bar Central, uno de los más populares de la época, ubicado en la planta baja de lo que entonces era el Casino y hoy es sede del BBVA, en la Plaza de Santo Domingo.

Juanita era la mayor de tres hermanos y una persona con múltiples inquietudes sociales y culturales. Formaba parte de la Peña Femenina Naturista que existía en la ciudad, con otras amigas y vecinas, y, modista, estaba afiliada al Sindicato de la Aguja de UGT y a las Juventudes Socialistas, cuya sección femenina presidía Teresa Monge. De esta, uno de los símbolos de la represión leonesa, los libros también van a aportar no solamente novedades, sino una preciosa imagen de época.

Con esos antecedentes era previsible que, de alguna forma, el yugo de la represión cayera sobre Juana López en cualquier momento, una vez que la sublevación se impuso en la ciudad el 20 de julio de 1936. Medio año después, el 9 de febrero de 1937, estaba ya detenida «por su significación marxista» y presa en el campo de concentración de San Marcos. Su casa había sido registrada con anterioridad, sin que se hubiera encontrado nada, pero tras él la joven hizo una confidencia a una vecina sobre unas cuartillas que había escrito contando los sucesos que había vivido los días del levantamiento militar, y que las había escondido en la parte trasera de un cuadro. Según la versión familiar, todo hace indicar que esa vecina la delató y, al practicarse un segundo registro en la casa, los agentes pudieron dar con el manuscrito, automáticamente convertido en prueba de cargo contra la joven.

Aunque formalmente en el juicio sumarísimo no se consideró que el texto respondiese estrictamente a los hechos, el tribunal militar apreció su contenido «injurioso y ofensivo para el Movimiento Nacional», por lo que Juana López fue condenada a 30 años de prisión por delito de adhesión a la rebelión. La pena máxima antes de la última, que era la de muerte. Cumplió condena durante casi cuatro años y medio en la Prisión Central de Mujeres de Saturrarán, el tristemente famoso penal femenino en el que recalaron miles de mujeres del norte de España, muchas de ellas leonesas, hasta que el 30 de junio de 1941 fue puesta en libertad condicional.

El clima hostil al que tuvo que enfrentarse a su salida de prisión en determinados sectores de la ciudad terminó haciéndole ver que mejor sería poner tierra de por medio, y decidió irse a Madrid, donde retomó su trabajo de modista y encauzó definitivamente su vida, la misma en la que la guerra había detenido el reloj. Se casó con un leonés, que también había pasado por San Marcos, fue madre y vivió hasta el año 2007, con gran lucidez de sus recuerdos.

Las mujeres presas en la cárcel de mujeres de Santurrán. CEDIDA POR LA FAMILIA DE JUANA LÓPEZ

«Qué emoción al tener entre mis manos ese terrible arma»

Fragmento del diario de Juana López en . el que habla de su lucha con Teresa Monje

20 de julio de 1936

«Amanece. León está envuelto en la neblina del amanecer, hace frío, estamos en Secretaría. Teresa y yo, nos miramos y permanecemos mudas, pero nuestras miradas dicen más que las palabras, nuestro silencio es elocuente. Nosotras que sabemos y sentimos la angustia de los que nos rodean porque en la nuestra nos preguntamos: ¿qué nuevas sorpresas nos reservará este día? Nos quedamos sin contestación, es un enigma, callamos y a mi imaginación acuden las palabras de los asturianos al marcharse: «Os comerán el alma, amigos». Así sucedió desgraciadamente.»

«Ella [Teresa Monge] y yo con armas: qué emoción experimenté al ver entre mis manos ese terrible artefacto que llaman pistola, segador de tantas vidas de mis hermanos; me estremecí al pensar, pero volví a la realidad y pensé que la tenía en mis manos y con ella haría prevalecer nuestro derecho a la vida. Al pensar esto se me antojó menos terrible el arma. La guardé como se puede guardar un tesoro en un cajón y me marché a mi casa a comer.»

«Había un coche e intentamos acercarnos a él para ir a la Casa del Pueblo. Nada más asomarnos a la esquina sonó una descarga de fusil cerrada; nos echamos para atrás y al volver a asomarnos vimos catorce soldados tirados a tierra, volvieron a tirar contra nosotros y nos volvimos a retirar. Al hacerlo recorrí con la vista a los que me rodeaban y los vi con las caras descompuestas; los vi con angustia, pidiendo al capitán Calleja armas, y vi la desesperación de él al ver lo importante que era para defender a los que le pedían armas y protección. […] Otra nueva descarga vino a hacernos salir de nuestra incertidumbre. Reaccionamos y echamos a correr por la calle de la Zapatería La Revoltosa. Cayó uno de los que venían con nosotros y lo recogieron el capitán Calleja y el camarada Avelino.»

«Después de cesado un momento el tiroteo nos metimos por la carretera de los Cubos por parecernos el sitio más apropiado para pasar a causa de las murallas. Fuimos a salir a la plazuela de San Isidoro, después de dar mil rodeos, de sufrir mil preguntas y de tener que buscar refugio en los portales a causa de los tiros. Después fuimos a la calle donde estaba la Audiencia. Al llegar a dicha calle nos fue imposible continuar nuestro camino a causa del intenso tiroteo que había. Nos quedamos en la esquina pegados a la pared, mirando la calle por la cual a la terminación de ella se veía impotente la Casa del Pueblo. Se me antojó un gigante defendiéndose de las acometidas de sus enemigos. Me quedé absorta en muda contemplación y por mi imaginación pasaron en un relámpago las noches pasadas, las fatigas, los sobresaltos y más que nada los hermanos muertos que sabía estaban refugiados allí sin un arma, sin una defensa, nada más que el cobijo que les daba la que aún era su casa, cobijo que sabían que poco les iba a durar, pero yo veía con amargura y rabia concentrada que estábamos sufriendo una derrota, la más grande…»