lunes. 05.12.2022
QUÉ VISITAR

Los Barrios de Luna

La Tierra tiene un palco en Los Barrios de Luna. Desde la playa del paleozoico de hace 570 millones de años, que deja a la vista en sus pliegues un patrimonio geológico deslumbrante, hasta los ecos del filandón de las merinas, que rememoran la tradición pastoril de la Mesta y la herencia de los condes que aquí tuvieron castillo y romances, el municipio ofrece múltiples disculpas para disfrutar de sus pueblos, sus rutas naturales y su gastronomía

A Luna se entra por la puerta que abre Los Barrios. Desde el ojo de la cerradura que definió la construcción del embalse, en el que se domó el curso medio del río que da nombre al valle y lo define, se ve el molde que dio forma a la tierra, la tierra que configuró la historia y la historia que hizo grande a un reino. Las tres preguntas filosóficas se responden en este enclave mágico que resuelve quiénes somos, de dónde venimos y da pistas para que podamos saber adónde vamos.

Quien quiera conocerlo, que se asome a Los Barrios de Luna. Sólo hace falta que pasee por la carretera de Mallo, donde se desvelan, como si fueran los pliegues de un libro, las vetas de la playa que el Paleozoico tenía hace 570 millones de años en esta tierra. Ahí están, como presumen los vecinos de Irede, las montañas más antiguas del mundo, en las que leer a partir de los fósiles la evolución que terminó por dejar como testigo un patrimonio geológico inigualable que se exhibe en el museo del Cámbrico de Miñera de Luna y se amamanta de la silueta matriarcal del río Luna.

Entonces, todavía las cosas no tenían nombre, pero los cazadores recolectores entendieron que podían comenzar a nombrarlas averados al curso del río que les daba un horizonte vital. Por esa trocha empezaron a asentarse los núcleos de población alimentados por el incesante trasiego de los rebaños que subían a los puertos. La Mesta dibujó por este valle una cañada que en las épocas de mayor prosperidad contaba el paso de más de 300.000 merinas. El rito de la trashumancia pervive aún, mermada la cabaña, cuando en primavera se escucha el concierto impagable de los cencerros que agitan las ovejas en su cabeceo ansioso por tascar los pastos que anuncia la senda encañonada en la que se abisma el Luna.

La herencia que enriqueció toda la zona la guarda celoso Los Barrios de Luna en el museo que levantó en las antiguas escuelas del pueblo y en la celebración de la Fiesta del Pastor que, el segundo domingo de septiembre, despide a los trashumantes que se van. En esa cita, en el colchón de la presa, se exhiben los antiguos usos, junto a los mejores mastines y se da rienda a la memoria.

El filandón de las merinas se carda con la historia que aquí dejaron los Quiñones, Condes de Luna. Aunque ya sólo quedan los vestigios del castillo levantado sobre asentamiento prerromano, en la atalaya tajada en piedra que vigila el valle, los romances entonan aún las huellas de los señores feudales. En ese eco resuena el episodio del conde de Saldaña, a quien el rey Alfonso II el Casto hizo prisionero dentro de los muros por la historia de amor con su hermana, la infanta Jimena, de la que nacería el héroe Bernardo del Carpio.

Todas esas huellas están en las rutas señalizadas que recorren los siete pueblos del municipio, con el apellido de Luna: Los Barrios, Irede, Mallo, Mora, Portilla, Sagüera, además de Vega de Caballeros. La visita ofrece un aliciente en cada uno de ellos. El viaje se enriquece con una oferta gastronómica y de casas rurales en las que hacer posada, sin prisa, para ver cómo pasa el tiempo que ha hecho un mundo de Los Barrios de Luna.

Los Barrios de Luna
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